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Asco tras el After


After, la última del director sevillano Alberto Rodríguez, autor entre otras de Siete vírgenes, es una película difícil, algo lenta, que se ve mientras uno se remueve incómodo en la butaca del cine. Pero buena, incluso necesaria. La sensación de asco que produce, de asco y de vacío, es su esencia.

La cinta muestra una noche loca (o más de una, el tiempo se confunde en el magma de alcohol, sexo, drogas, un magma que huele a vómito, sudor y otros efluvios) de tres amigos, muy bien interpretados por Tristán Ulloa, Blanca Romero y Guillermo Toledo.

Éste último, encasillado en papeles cómicos, como sucesor de Antonio Resines o Alfredo Landa en el papel de “españolito corriente”, borda su personaje, el de un tío entre los 30 y los 40, sin escrúpulo en el trabajo, enganchadísimo a las drogas y a unas relaciones sexuales que hasta cuando son completas acaban en pajas, violentas, solitarias.

La violencia y la soledad también están en el personaje de Ulloa, un supuesto triunfador con los atributos clasicos: casa de lujo, mujer guapa, hijo y hasta perro. Sólo que nada es ídílico, ni siquiera lo parece. La casa es una jaula donde por momentos él estalla, reventando botellas, pegando a su chica, zarandeando a su niño por una travesura sin importancia o por añorar al perro que él ha dejado escapar.

El animal acabará involucrado en un episodio duro con la protagonista femenina, otra insatisfecha, que escapa a “paraísos” de drogas y tríos.

Los tres se sienten sin salida. Transmiten esa angustia incluso cuando supuestamente lo pasan bien, se ríen. Saben que corren a estrellarse a una pared y ni aún así se detienen. Corren más y más cada vez, tal vez con la esperanza de, un día, destrozarse.

Y lo peor de todo es que su asco y su vacío nos son familiares. Lo peor es lo que la historia tiene de retrato generacional, aunque sea exagerado. Lo peor es que no es imposible reconocerse en uno de esos “Peterpanes” tan pasados de rosca… Y tan solos.

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