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Fernando Trueba da un traspiés

Lo peor de El baile de la victoria, la última película del cineasta Fernando Trueba, es que no sólo resulta increíble, sino que abordando historias terribles, dolorosísimas, las de sus tres protagonistas, en muchos momentos, sin pretenderlo, parece una comedia, da risa.

Casi todas las críticas que había leído o escuchado antes de ver la cinta eran negativas, incluida la del amigo del realizador, Carlos Boyero, y aún así fui a verla, sobre todo porque para asombro de cualquiera este puente de diciembre apenas tenía competencia en la cartelera. Y ahora, lamentándolo mucho, tengo que decir que coincido con los críticos.

Lo siento por motivos diversos. Fernando Trueba es alguien por quien siento simpatía, con quien comparto, gustos musicales y cierto punto de vista sobre la vida. Me encantaría admirar todas sus películas. Pero si soy sincera conmigo misma, de ficción, sólo me ha gustado Belle epoque (La niña de tus ojos, no estaba mal pero tampoco me encantó). Tengo mejor impresión de sus reportajes, Calle 54 y El milagro de Candeal, en ambos casos “la música me llevó”.

Además, la película parte de una historia potente, de la denuncia no sólo de las atrocidades pinochetistas en Chile, sino de la actual indiferencia de una acomodada clase media hacia las víctimas de la dictadura aún vivas. Algo que siento necesario y que me escalofría.

En tercer lugar, se trata de la versión de una novela de Antonio Skármeta, autor de aquel “El cartero y Pablo Neruda” tan maravillosamente llevado al cine.

Y a pesar de todo, la chispa no salta (ni en dos horas de metraje). En parte, por causa de los actores, todos francamente mejorables, salvo quizá Ricardo Darín (aún así muy lejos de su magistral papel en El secreto de sus ojos, esta misma temporada). Pero sobre todo, por la propia concepción del filme (guión + dirección).

Lo resumo en dos objecciones, de forma y de fondo. En cuanto a la primera, parece una película anterior a la conquista de un lenguaje propio por el cine. Resulta increíble que todavía un director se sienta obligado a mostrar un ojo, cuando un personaje dice “ojo”, una pestaña cuando se pronuncia esa palabra, un muchacho comiendo una sandía cuando se cuenta en qué circunstancias lo apresaron. No debería hacer falta decir hoy que no es necesario que la imagen y la palabra concidan, es más, que es redundante.

Sobre el fondo, es un tópico, falso como casi todos, que una muchacha, por haber sufrido, muchísimo, por ser huérfana de desaparecidos políticos, por haber perdido el habla a consecuencia del trauma, por ser pobre y prostituirse para salir adelante, sea más artista que nadie, baile mejor que ninguna otra bailarina, con más sentimiento. Es falso que el arte sea hoy tan raro, tan escaso, como para que un periodista (interpretado por el novelista Skármeta, con las limitaciones que pueden imaginarse) se sienta conmocionado al ver bailar una vez, tres minutos, a una chiquilla.

El drama hoy es, más bien, que hay muchos artistas. La universalización de la educación (al menos en Occidente), una de las grandes conquistas democráticas, lleva aparejada la multiplicación de la mano de obra cualificada, incluso artística. Algo que casa fatal con el sistema sobre el que se cimienta nuestro mundo, el mercado, que exige una oferta pequeña, para una gran demanda a fin de que los precios sean altos. Igual que se prefiere tirar litros de leche por las alcantarillas a que su precio baje, se malgasta, malbarata, obvia, el mucho talento que hay. La Victoria de la película no habría brillado nunca en ninguna crónica periodística. Tal vez ahí haya un buen tema para una buena película.

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Cine de alma en vilo


Adoro entrar a la sala, sumergirme en la oscuridad y que la cinta me atrape desde el primer segundo. Ha ocurrido con El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella.

Soy una espectadora fácil, porque voy predispuesta a meterme en la historia, a identificarme con los personajes. Aún así el milagro ocurre rara vez. Por eso, cuando pasa, es tan excitante.

El secreto de sus ojos (basada en la novela de Eduardo Sacheri, La pregunta de tus ojos) es una película intensa, en la que se trenzan dos historias: la de un proceso judicial por asesinato y la de la atracción de dos personas de distinto carácter y estratos, un oficial de juzgado y su jefa (Ricardo Darín y Soledad Villamil). Pero es también la historia de la convivencia de los “hechos reales” con la “reconstrucción” de los mismos que lucha por hacer Darín empeñado en escribir una novela de lo que ocurrió hace veinticinco años.

Las tres cosas me apasionan:

El caso judicial tiene intriga, suspense, dolor. Es una anécdota en un marco, el de la Argentina de 1974, que precede al golpe de Videla y donde ya se perciben muestras de la degradación social y política. Y es en sí una historia potente, con giros sorprendentes y un final controvertido moralmente (sé que es complejo meter la moral en el arte pero aún así, aquí, me parece pertinente).

La historia de amor me para el pulso. En varios momentos dejo de respirar esperando, deseando que pase algo, que alguno de los dos, ¡él, qué leches, ella ya lo hay dicho todo! ¡Es tan transparente!, haga lo que tiene que hacer, lo que quiere desesperadamente, pero no se atreve.

Y la lucha por plasmar en papel hechos y deseos, lo ocurrido y lo frustrado, la importancia que se otorga a “la palabra” al modo en que cambia el curso de la historia, de las historias, al modo en que interviene, en que la necesitamos, es necesaria (algo que resalta el susurro animalizado de la penúltima escena, la controvertida ya citada) me conmueve. Porque forma parte de mi credo ateo.

¡Qué le vamos a hacer, esta vez, conmigo Campanella da de lleno! Intervienen también mis circunstancias (mi padre era abogado, su mundo eran los tribunales). De ahí también que disfrute tanto esa parte de diálogos en los juzgados, de complicidad entre funcionarios, de frustraciones por los límites del sistema, de compromiso, no obstante, en apoyarlo.

Los actores son maravillosos, todos. El marido de la víctima, su verdugo, el funcionario corrupto, el juez relamido e inepto, los protagonistas, pero especialmente el subordinado y amigo del alma de Darín, el oficial de juzgado Pablo Sandoval, interpretado magistralmente por Guillermo Francella, que encarna un personaje inolvidable.

Y los diálogos, tan rápidos, tan ingeniosos que obviamente son artificiales (ojalá habláramos así a diario y no me refiero sólo a “con acento porteño”) y sin embargo, resultan tan de verdad, tan naturales. Un prodigio de guión. Unas líneas que envidio para mis personajes. La banda sonora, la primera escena, la del estadio de fútbol… La pasión no me ciega, la casualidad tiene un papel demasiado importante en el avance de la acción, hay trampas… Pero siento pasión y eso me empuja a ser magnánima.

¡Id, id a verla antes de que caiga de cartelera! Y cuando lo hayáis hecho comentaremos el final. Me quedo con ganas. Pero no me perdonaría desvelarlo.