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Fascinantes viejos judíos neoyorquinos

Hace semanas que tenía pendiente el bookcrossing de la última novela que he leído, la fantástica Ravelstein de Saul Bellow, una novela cuya portada mis ojos habrían esquivado repelidos por un título sin significado, y cuyas tres primeras páginas casi me echaron. Como si el autor quisiera ponerme a prueba: “Sólo conocerás a Ravelstein, sólo compartiré a mi amigo contigo, si lo mereces, ¡gánatelo!”. Una apuesta arriesgada, que sólo un clásico (aunque sea contemporáneo) como Bellow puede permitirse. Noveles, abstenerse.

Pero tras haber visto la última de Woody Allen, Si la cosa funciona, me resulta imposible no relacionarlas. Comparten entre sí y con otras obras, como los libros sobre Zuckerman escritos por Philip Roth (el último, Sale el espectro) el nexo de ese anciano judío neoyorquino cascarrabias, más aún, objetable, en comportamiento,actitudes, pero con el atractivo de un Empire State imantado.

Alguien, además, que en estas latitudes resulta un personaje tan de ciencia ficción como los de La Guerra de las Galaxias. Una no puede evitar preguntarse, ¿qué habría pasado, cómo seríamos, si no los hubiéramos echado? ¿Cómo pudimos perder esas personalidades y las de sus creadores: Roth, Bellow, Allen?

Puesto que no tenemos otra manera de disfrutarlos, cualquier oportunidad debe aprovecharse. Si la cosa funciona sin ser, no ya genial sino siquiera original (no lo pretende), divierte y tiene esos chispazos de “vida verdadera” que para mi justifican el arte, en cualquiera de sus formas.

Y la novela, Ravelstein, hay que leerla. A falta de uno, tiene dos de esos viejos judíos neoyorquinos, intelectuales, poliédricos, únicos por más veces que se los haya retratado: el citado Abe Ravelstein y Chick, el narrador, y supuesto autor del libro que se quiere hacer pasar por una biógrafía del primero. Biografía heterodoxa, por lo menos. Hecha con pinceladas sueltas, manchas que no parecen dispuestas según ningún orden durante bastante tiempo (para lo que es un libro de 250 páginas) pero que en un determinado momento, nuestros ojos empiezan a ver como algo conexo, como el retrato más verdadero posible, el más cercano a la carne del que un día fuera Abe Ravelstein. Alguien a quien, gracias al libro, hemos conocido, y del que, sin darnos cuentas, incluso a pesar nuestro, nos hemos hecho amigos. Igual que de su biógrafo. Y también, en cierto sentido, de Bellow.

Si mido lo que me gustan los libros por lo que los subrayo si son míos o lleno de post-it si son prestados, éste me ha encantado. Tengo tantos papelitos pegados que me cuesta seleccionar las citas. Muchas tienen que ver con la muerte y a este grupo pertenecen las dos primeras que reproduzco. Pero añado una tercera para ilustrar el tono del libro que no es tétrico, ni triste, en absoluto.

Al preguntarme qué idea me hacía de la muerte, cómo la imaginaba, le dije que cesarían las imágenes. Pp. 166
(…) pero nadie, en el fondo de su mente y en el fondo de su corazón, cree que vayan a ceras de veras las imágenes. Pp. 245

Son muchos los que quieren verse libres de los muertos. Yo, en cambio, tiendo a aferrarme a ellos. Me acosa el presentimiento insistente –tendría que haber quedado aclarado a estas alturas- de que no se han ido para siempre (…) Sé que cuando se reconoce este tipo de fantasías uno pierde respetabilidad intelectual. Hasta yo mismo, puedo asegurarlo, cedo ante la opinión aceptada. Pero tiene que haber explicaciones simples que justifiquen la persistencia de Ravelstein en mi vida diaria. (…) Lo que ocurre es que no puedo dejar de procesar una información por el hecho de que no es intelectualmente respetable. Pp. 206

Si usted se marcha porque su odio al tabaco es más grande que su amor a las ideas, no le echaremos de menos. Pp. 174

BookCrossing: Elegía para un americano


Dejando a un lado que el título no me parece el mejor posible, porque remite al American Pastoral de Phillip Roth, y yerra la clave del libro, esta novela de Siri Hustvedt me parece imperfecta pero recomendable.

En ella, la autora, nacida en Minnesota, hija de noruegos, bucea en sus orígenes (o lo finge) a partir una trama en la que dos hermanos, Erik e Inga, psicoterapeuta y escritora, hallan una nota de su fallecido padre y tratan de resolver el misterio que encierra.

Los personajes se mueven en Nueva York que me atrae más con los años, pese a su fauna de artistas, snob, más trastornados tras el 11-S. El centro es un psiquiatra que me recuerda al protagonista de la serie In treatment a la que soy adicta (necesito mi dosis cada noche). Y, sin embargo, algo falla en seducirme.

Puede que sea que el misterio carezca de la entidad que promete, se desinfla, puede que el que protagonista no llegue a parecerme sino Siri Hustvedt travestida, pero creo que la clave está en estas palabras suyas:

Ella me había dicho que sintió la necesidad de sincerarse conmigo al verme atado. Contar una cosa siempre une una cosa con otra. Queremos tener un mundo coherente, no una mezcla de fragmentos aquí y allá.

Pues bien su novela carece de ese orden que de sentido. Me sentiría carca escribiendo esto si no hubiera leído en paralelo otra novela muy caótica en apariencia, Ravelstein, de Saul Bellow, de la que espero subir un post pronto, y bajo cuyas palabras subyace una magistral red, malla, línea eléctrica, muy ramificada pero que no se interrumpe, ni falla, que llega hasta mí y enciende mi cabeza, como una bombilla. Siento ser poco posmoderna en esto pero para mí el arte, es comunicación. Seguramente porque soy periodista (o al revés).

Lo que quiero decir es que parece que Hustvedt no tenga claro lo que cuenta. Siendo así da igual que lo tenga. No lo trasmite.

En cambio, hay notas líricas, ideas certeras y evocadoras que hacen que la lectura valga la pena. Con diferencia lo que más me ha gustado es el final (curiosamente caótico en la superficie pero que encierra una idea clara y, además, novedosa para mí, a pesar de que he pensado mucho en el tema del que trata, el de la relación autor-personajes). Erik, protagonista y narrador, mezcla sus pensamientos con los del resto de personajes que le han rodeado en la novela, familiares, pacientes. Los describe y reproduce frases textuales. Finalmente dice:

Me levanto y miro la nieve caer. Todo sucede al unísono. No puede durar, me digo, esta sensación no puede durar, pero no importa. La estoy viviendo ahora. En el dibujo la niña tiene alas. Está saliendo del coma. Mi hermana está tumbada en la hierba. Bésame, bésame así puedo despertarme. Entonces veo a la señora W. al término de nuestra sesión. Me sonríe y vuelve a usar la palabra reencarnación. “No después de la muerte, sino aquí, mientras estamos vivos”. Me tiende la mano y se la estrecho.
– Le echaré de menos- me dice.
– Yo también.

Para mi es más que una declaración de amor, la constatación por la escritora de su necesidad de los personajes, una afirmación del ser de éstos, de su ser físico, reencarnado, no sucesiva sino simultáneamente, en ella misma.