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Cine de alma en vilo


Adoro entrar a la sala, sumergirme en la oscuridad y que la cinta me atrape desde el primer segundo. Ha ocurrido con El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella.

Soy una espectadora fácil, porque voy predispuesta a meterme en la historia, a identificarme con los personajes. Aún así el milagro ocurre rara vez. Por eso, cuando pasa, es tan excitante.

El secreto de sus ojos (basada en la novela de Eduardo Sacheri, La pregunta de tus ojos) es una película intensa, en la que se trenzan dos historias: la de un proceso judicial por asesinato y la de la atracción de dos personas de distinto carácter y estratos, un oficial de juzgado y su jefa (Ricardo Darín y Soledad Villamil). Pero es también la historia de la convivencia de los “hechos reales” con la “reconstrucción” de los mismos que lucha por hacer Darín empeñado en escribir una novela de lo que ocurrió hace veinticinco años.

Las tres cosas me apasionan:

El caso judicial tiene intriga, suspense, dolor. Es una anécdota en un marco, el de la Argentina de 1974, que precede al golpe de Videla y donde ya se perciben muestras de la degradación social y política. Y es en sí una historia potente, con giros sorprendentes y un final controvertido moralmente (sé que es complejo meter la moral en el arte pero aún así, aquí, me parece pertinente).

La historia de amor me para el pulso. En varios momentos dejo de respirar esperando, deseando que pase algo, que alguno de los dos, ¡él, qué leches, ella ya lo hay dicho todo! ¡Es tan transparente!, haga lo que tiene que hacer, lo que quiere desesperadamente, pero no se atreve.

Y la lucha por plasmar en papel hechos y deseos, lo ocurrido y lo frustrado, la importancia que se otorga a “la palabra” al modo en que cambia el curso de la historia, de las historias, al modo en que interviene, en que la necesitamos, es necesaria (algo que resalta el susurro animalizado de la penúltima escena, la controvertida ya citada) me conmueve. Porque forma parte de mi credo ateo.

¡Qué le vamos a hacer, esta vez, conmigo Campanella da de lleno! Intervienen también mis circunstancias (mi padre era abogado, su mundo eran los tribunales). De ahí también que disfrute tanto esa parte de diálogos en los juzgados, de complicidad entre funcionarios, de frustraciones por los límites del sistema, de compromiso, no obstante, en apoyarlo.

Los actores son maravillosos, todos. El marido de la víctima, su verdugo, el funcionario corrupto, el juez relamido e inepto, los protagonistas, pero especialmente el subordinado y amigo del alma de Darín, el oficial de juzgado Pablo Sandoval, interpretado magistralmente por Guillermo Francella, que encarna un personaje inolvidable.

Y los diálogos, tan rápidos, tan ingeniosos que obviamente son artificiales (ojalá habláramos así a diario y no me refiero sólo a “con acento porteño”) y sin embargo, resultan tan de verdad, tan naturales. Un prodigio de guión. Unas líneas que envidio para mis personajes. La banda sonora, la primera escena, la del estadio de fútbol… La pasión no me ciega, la casualidad tiene un papel demasiado importante en el avance de la acción, hay trampas… Pero siento pasión y eso me empuja a ser magnánima.

¡Id, id a verla antes de que caiga de cartelera! Y cuando lo hayáis hecho comentaremos el final. Me quedo con ganas. Pero no me perdonaría desvelarlo.

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