Archivo de la categoría: Literatura

BookCrossing: El Proyecto Lázaro


Acabo de terminar El proyecto Lázaro, una novela turbadora, fascinante, poética e irónica que recomiendo leer con urgencia.

Escrita por el autor bosnio Aleksandar Hemon narra la peripecia de Vladimir Brik, narrador y alter ego del propio Hemon y, como él, bosnio residente en Chicago que investiga la muerte de un judio ruso que le precedió como inmigrante en la ciudad y fue salvajemente asesinado en 1908: el joven Lázaro Averbuch.

Averbuch es un personaje conmovedor. Tanto, que no puedo dejar de sentir que merecería más páginas, ¿todas sería demasiado? Probablemente. Entiendo la apuesta del autor y, sin embargo, echo de menos saber más de Lázaro, compartir con él más tiempo. El primer capítulo, la narración de su asesinato, es uno de los textos con más vigor que he leído en los últimos tiempos. Me ha dejado la sensación de estar leyendo algo realmente nuevo. Una conmoción parecida a -me temo que esto no beneficie a Hemon, porque no es políticamente correcto citar como referencia una serie de TV- la que me produjo el primer capítulo de Heroes. Lo vi y pensé que la serie daba un paso adelante en la ficción televisiva. Por desgracia, en los siguientes dejó escapar mi interés.

Cosa que no pasa con este libro. Me ha costado elegir pasajes a modo de muestra porque he subrayado párrafos casi en todas las páginas, algunos muy largos. Copio dos cortos pero significativos, uno sobre Brik, el narrador y otro sobre Lázaro, pero no Lázaro Averbuch, sino el bíblico, con quien el narrador apunta ciertos paralelismos:

Mary no veía mi rostro oculto porque no sabía cómo había sido mi vida en Bosnia, lo que me había hecho ser como soy, de donde vengo. Sólo veía mi rostro americano, adquirido a costa de no haber logrado convertirme en la persona que hubiese querido ser” (Pp. 136).

Pero al cabo de un tiempo Lázaro se marchó a Marsella con sus hermanas, y ahí sí hay una buena historia. Me pregunto si empezaría una nueva vida allí. A lo mejor nunca volvió a morir. A lo mejor aún anda por ahí vivito y coleando, completamente olvidado, como el conejito blanco de la chistera del señor Cristo. (Pp. 101)

Finalmente, sobre Lázaro Averbuch… Lo siento pero no puedo copiaros entero ese primer capítulo. Tendréis que leerlo. Son sólo diez páginas, pero es probable que queráis releerlas y seguro que os engancharan tanto que acabaréis el libro.

Termino agradeciendo a Alberto Manguel su excelente crítica en EL PAIS. Su recomedación vehemente de este título fue lo que me llevó a él y ahora que lo he leído estoy de acuerdo en que Hemon consigue algo más que entusiasmar al lector. De un modo nada efectista, aparentemente natural, “renueva el arte de narrar”.

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Fascinantes viejos judíos neoyorquinos

Hace semanas que tenía pendiente el bookcrossing de la última novela que he leído, la fantástica Ravelstein de Saul Bellow, una novela cuya portada mis ojos habrían esquivado repelidos por un título sin significado, y cuyas tres primeras páginas casi me echaron. Como si el autor quisiera ponerme a prueba: “Sólo conocerás a Ravelstein, sólo compartiré a mi amigo contigo, si lo mereces, ¡gánatelo!”. Una apuesta arriesgada, que sólo un clásico (aunque sea contemporáneo) como Bellow puede permitirse. Noveles, abstenerse.

Pero tras haber visto la última de Woody Allen, Si la cosa funciona, me resulta imposible no relacionarlas. Comparten entre sí y con otras obras, como los libros sobre Zuckerman escritos por Philip Roth (el último, Sale el espectro) el nexo de ese anciano judío neoyorquino cascarrabias, más aún, objetable, en comportamiento,actitudes, pero con el atractivo de un Empire State imantado.

Alguien, además, que en estas latitudes resulta un personaje tan de ciencia ficción como los de La Guerra de las Galaxias. Una no puede evitar preguntarse, ¿qué habría pasado, cómo seríamos, si no los hubiéramos echado? ¿Cómo pudimos perder esas personalidades y las de sus creadores: Roth, Bellow, Allen?

Puesto que no tenemos otra manera de disfrutarlos, cualquier oportunidad debe aprovecharse. Si la cosa funciona sin ser, no ya genial sino siquiera original (no lo pretende), divierte y tiene esos chispazos de “vida verdadera” que para mi justifican el arte, en cualquiera de sus formas.

Y la novela, Ravelstein, hay que leerla. A falta de uno, tiene dos de esos viejos judíos neoyorquinos, intelectuales, poliédricos, únicos por más veces que se los haya retratado: el citado Abe Ravelstein y Chick, el narrador, y supuesto autor del libro que se quiere hacer pasar por una biógrafía del primero. Biografía heterodoxa, por lo menos. Hecha con pinceladas sueltas, manchas que no parecen dispuestas según ningún orden durante bastante tiempo (para lo que es un libro de 250 páginas) pero que en un determinado momento, nuestros ojos empiezan a ver como algo conexo, como el retrato más verdadero posible, el más cercano a la carne del que un día fuera Abe Ravelstein. Alguien a quien, gracias al libro, hemos conocido, y del que, sin darnos cuentas, incluso a pesar nuestro, nos hemos hecho amigos. Igual que de su biógrafo. Y también, en cierto sentido, de Bellow.

Si mido lo que me gustan los libros por lo que los subrayo si son míos o lleno de post-it si son prestados, éste me ha encantado. Tengo tantos papelitos pegados que me cuesta seleccionar las citas. Muchas tienen que ver con la muerte y a este grupo pertenecen las dos primeras que reproduzco. Pero añado una tercera para ilustrar el tono del libro que no es tétrico, ni triste, en absoluto.

Al preguntarme qué idea me hacía de la muerte, cómo la imaginaba, le dije que cesarían las imágenes. Pp. 166
(…) pero nadie, en el fondo de su mente y en el fondo de su corazón, cree que vayan a ceras de veras las imágenes. Pp. 245

Son muchos los que quieren verse libres de los muertos. Yo, en cambio, tiendo a aferrarme a ellos. Me acosa el presentimiento insistente –tendría que haber quedado aclarado a estas alturas- de que no se han ido para siempre (…) Sé que cuando se reconoce este tipo de fantasías uno pierde respetabilidad intelectual. Hasta yo mismo, puedo asegurarlo, cedo ante la opinión aceptada. Pero tiene que haber explicaciones simples que justifiquen la persistencia de Ravelstein en mi vida diaria. (…) Lo que ocurre es que no puedo dejar de procesar una información por el hecho de que no es intelectualmente respetable. Pp. 206

Si usted se marcha porque su odio al tabaco es más grande que su amor a las ideas, no le echaremos de menos. Pp. 174

BookCrossing: Elegía para un americano


Dejando a un lado que el título no me parece el mejor posible, porque remite al American Pastoral de Phillip Roth, y yerra la clave del libro, esta novela de Siri Hustvedt me parece imperfecta pero recomendable.

En ella, la autora, nacida en Minnesota, hija de noruegos, bucea en sus orígenes (o lo finge) a partir una trama en la que dos hermanos, Erik e Inga, psicoterapeuta y escritora, hallan una nota de su fallecido padre y tratan de resolver el misterio que encierra.

Los personajes se mueven en Nueva York que me atrae más con los años, pese a su fauna de artistas, snob, más trastornados tras el 11-S. El centro es un psiquiatra que me recuerda al protagonista de la serie In treatment a la que soy adicta (necesito mi dosis cada noche). Y, sin embargo, algo falla en seducirme.

Puede que sea que el misterio carezca de la entidad que promete, se desinfla, puede que el que protagonista no llegue a parecerme sino Siri Hustvedt travestida, pero creo que la clave está en estas palabras suyas:

Ella me había dicho que sintió la necesidad de sincerarse conmigo al verme atado. Contar una cosa siempre une una cosa con otra. Queremos tener un mundo coherente, no una mezcla de fragmentos aquí y allá.

Pues bien su novela carece de ese orden que de sentido. Me sentiría carca escribiendo esto si no hubiera leído en paralelo otra novela muy caótica en apariencia, Ravelstein, de Saul Bellow, de la que espero subir un post pronto, y bajo cuyas palabras subyace una magistral red, malla, línea eléctrica, muy ramificada pero que no se interrumpe, ni falla, que llega hasta mí y enciende mi cabeza, como una bombilla. Siento ser poco posmoderna en esto pero para mí el arte, es comunicación. Seguramente porque soy periodista (o al revés).

Lo que quiero decir es que parece que Hustvedt no tenga claro lo que cuenta. Siendo así da igual que lo tenga. No lo trasmite.

En cambio, hay notas líricas, ideas certeras y evocadoras que hacen que la lectura valga la pena. Con diferencia lo que más me ha gustado es el final (curiosamente caótico en la superficie pero que encierra una idea clara y, además, novedosa para mí, a pesar de que he pensado mucho en el tema del que trata, el de la relación autor-personajes). Erik, protagonista y narrador, mezcla sus pensamientos con los del resto de personajes que le han rodeado en la novela, familiares, pacientes. Los describe y reproduce frases textuales. Finalmente dice:

Me levanto y miro la nieve caer. Todo sucede al unísono. No puede durar, me digo, esta sensación no puede durar, pero no importa. La estoy viviendo ahora. En el dibujo la niña tiene alas. Está saliendo del coma. Mi hermana está tumbada en la hierba. Bésame, bésame así puedo despertarme. Entonces veo a la señora W. al término de nuestra sesión. Me sonríe y vuelve a usar la palabra reencarnación. “No después de la muerte, sino aquí, mientras estamos vivos”. Me tiende la mano y se la estrecho.
– Le echaré de menos- me dice.
– Yo también.

Para mi es más que una declaración de amor, la constatación por la escritora de su necesidad de los personajes, una afirmación del ser de éstos, de su ser físico, reencarnado, no sucesiva sino simultáneamente, en ella misma.

Suelta de libros en el tranvía

Buzón de BookCrossing en el tranvía de Sevilla
Descubro con sorpresa y entusiasmo que el Ayuntamiento ha incorporado a los vagones del tranvía, llamado en Sevilla metrocentro, unos buzones para el intercambio de libros o BookCrossing, una práctica que los lectores del blog ya sabréis que me encanta.

Animo a los que vivís en la ciudad a deshaceros de los libros que tenéis repetidos o que no queréis conservar depositándolos en esos buzones.

El BookCrossing ortodoxo incluye la escritura en la primera página de las iniciales de quien deja el libro y lugar y fecha en que lo hace, para que quien lo encuentre sepa que está ahí donado y no perdido ni olvidado y se divierta viendo su recorrido (existen otras recomendaciones que podéis consultar en Internet). Pero también puede hacerse sin tanta parafernalia, simplemente dejando el libro. Yo tengo ya en mente el par de títulos que soltaré esta semana.

Felicito al responsable de la idea y espero que la iniciativa se extienda al bus y al metro. En cuanto sepa que es así, informaré de ello.

BookCrossing: Una historia de amor y oscuridad


Escribo esta reseña de la autobiografía del escritor israelí Amos Oz aún bajo los efectos de su prosa, de su potencia. Conmovida. Por sus últimas cinco palabras “aún sigue intentándolo a veces” y por lo que significan. Son la clave de esa “historia de amor y oscuridad”, íntima. Que no es una historia de pareja. Ni, desde luego una historia ñoña. Lo aclaro porque en algún momento, alguien nos ha inoculado el virus de la desconfianza hacia las “historias de amor”. No sé cómo lo ha conseguido (¡Cómo le hemos dejado!) pero incluso yo no hubiera abierto este libro por mi mano. ¡Lo que me habría perdido!

Por suerte, mi fascinante vecina Slavisa, con quien he iniciado un intercambio de “tesoros literarios” lo puso en la cima de la montaña seleccionada. Y no sé si sabe el regalo que me ha hecho.

Destaco cinco virtudes de esta biografía de Oz que es también novela:
La primera, ser una “obra literaria conseguida”, es decir, lograr levantar un mundo paralelo al real, hecho no de genes y tejidos oxidables, sino de palabras, como un cuento desplegable, con calles, casas y personajes, en tres dimensiones, y más: sonidos, olores, sabores. Un mundo cuyo devenir me ha absorbido tanto como mis circunstancias personales y profesionales. Te crees el sitio, te crees a la gente y quieres quedarte aunque sepas que además de placer te espera dolor. ¿Os suena?

Además es un “libro llave” que abre la puerta a otros, que da ganas de seguir leyendo. El resto de libros del autor, por supuesto, pero también de aquellos que cita. Especialmente Sherwood Anderson, su padre literario.

Por si fuera poco Oz, nos hace replantearnos nuestra perspectiva en pasajes que son como “ojos mágicos” (esas láminas donde puedes ver un tren, por ejemplo, pero sólo si desenfocas, si miras de otro modo). El párrafo más inesperado para mí, el que menos cuadra con lo que he venido pensado, y por tanto me obliga a darle más vueltas reproduce una conversación con su profesor de filosofía Samuel Hugo Bergman:

“Nada desaparece. Jamás. De hecho la palabra “desaparición” supone que el universo es aparentemente finito y que es posible alejarse de él. Pero naaada (alargó a propósito esa palabra), naaada sale jamás del universo. Ni tampoco entra en él. Ni una sola mota de polvo desaparece ni se añade (…) nada puede pasar de ser a no ser. (…) Y entonces por qué (…) se empeñan en decirme que lo único que está destinado a ir al infierno, a convertirse en no ser, lo único a lo que le espera la aniquilación total en todo el universo, donde ningún átomo puede reducirse a la nada, es precisamente mi pobre alma. ¿Es que cualquier mota de polvo y cualquier gota de agua va a continuar existiendo eternamente, aunque con otra forma, todo excepto mi alma?” Pp. 614

Por otra parte, por mi adicción particular a escribir, me interesan mucho sus consideraciones sobre el hecho literario y el oficio del escritor. Una de las más certeras, para mí, es:

“¿Qué es autobiográfico y que es ficticio en mis relatos? Todo es autobiográfico (…) nada es confesión. El mal lector siempre quiere saber, saber al instante “qué pasó realmente”. Cuál es la historia que está detrás del relato, qué pasa, quién está en contra de quién, quien folló con quien realmente (…)
El mal lector me exige que le desmenuce el libro que he escrito; pretende que con mis propias manos tire mis uvas a la basura y le dé solo las pepitas. (…)
Aquel que busca el corazón del relato en el espacio que está entre la obra y quien la ha escrito se equivoca: conviene buscar no en el terreno que está entre lo escrito y el escritor, sino en el que está entre lo escrito y el lector”. Pp. 49-52

Hay otra cita impagable sobre ser escritor en la página 715 que no reproduzco por no alargarme (más aún).

Y finalmente, pero no menos importante, con su relato de infancia en aquel Estado de Israel que aún no era tal, sino un asentamiento controlado por los británicos, al que se envió a los judíos europeos tras el exterminio nazi, Oz pone a lectores como yo, con tendencia a identificarnos con la causa palestina, ante la realidad poliédrica del conflicto. Un enfrentamiento que los europeos no podemos despachar tan fácilmente como solemos hacer (como yo suelo, al menos) siquiera sea por sentido de la responsabilidad porque lo causamos (no hablo de culpa, sino de necesidad de informarse y ser ponderado, que no equidistante… ya lo sé, complicado).

No digo que mi empatía con Oz sea tal como para pensar que Israel tiene razón en su postura (cosa que ni siquiera él afirma), sino que me electriza la piel y me coloca ante un dilema racional importante leer que cuando su padre fue expulsado de Polonia las paredes estaban llenas de pintadas “¡Judíos fuera, a Palestina!” y cuando volvió a Europa, de viaje, se encontró con pintadas “¡Judíos fuera de Palestina!”.

En suma, Una historia de amor y oscuridad se ha convertido para mí un libro imprescindible. Y leerlo es un placer que no tendría sentido no darse.

Cito por la edición de Ediciones Siruela/Debolsillo, Serie Contemporánea, Barcelona, julio de 2007.

Calor, grillos, lagartijas y La Tarde de Krom, deliciosa radio en el letargo

La Tarde de Krom

Es verano, hace calor y el periodista Juan Valentín Romero ha ideado, para este escenario, una banda sonora en la que su voz -profunda, adulta- hila pasajes literarios con temas exquisitos. Es el programa La tarde de Krom. Radio de lujo.

Nueve capítulos, una edición limitada que puede disfrutarse en Canal Extremadura Radio, de cinco a seis de la tarde, desde el pasado sábado 1 de agosto y durante los próximos ocho, hasta mediados de septiembre. Y, lo que es más interesante, cualquier día, a cualquier hora, en cualquier parte, a través de Internet y MP3, gracias a la radio a la carta.

La primera entrega de esta “Tarde de Krom” giró en torno a pasajes de la novela “Saga” (Ed. Lengua de Trapo) del franco italiano Tonino Benacquista, obra de 1997 sobre la peripecia de cuatro guionistas para crear una precaria sit-com. Las reflexiones seleccionadas se refieren a la TV, la infancia, la amistad, el adulterio.

Lo que se pretende (y se logra) es sembrar semillas de palabras y regarlas con música para que al calor del verano florezcan las fantasías más diversas.

Os recomiendo escucharlo, porque vais a disfrutarlo.

Al final del programa se citan los títulos de los temas y nombres de sus intérpretes, que también figuran en el blog. En el primero se sucedieron:

-Alaska y los Pegamoides. Álbum “La Bola de Cristal”. Tema “Abracadabra”
-Jonh Gonsling y Emre Ramanzanoglu. Álbum “Visionaire 53 Sound”. Tema “Singing Bolwl”
-Ana M. Álbum “Face ou Pile”. Tema “Face ou Pile”
-Brigitte Bardot. Álbum “La Mandrague”. Tema “Tu veux, tu veux pas”
-The Pixies. EP “Monkey Gone to Heaven”. Tema “Manta Ray”
-Goldfrapp. Álbum “Felt Mountain”. Tema “Lovely Head”
-Michael Stipe junto a Miguel Bosé. Álbum “Visionaire 53 Sound”. Tema “Untitled”
-Madonna. Álbum “Music”. Tema “Music”
-La Mala Rodríguez. Álbum “Lujo Ibérico”. Tema “En mi ciudad hace caló”
-Leonard Cohen. Álbum “The Future”. Tema “Closing Time”
-Carlos Berlanga. Álbum “Impermeable”. Tema “A Cannes”
-Sigur Ros. Álbum “Meo suo í eyrum vio spilum endalaust”. Temas “Festival” “Gobbledigook”

BookCrossing: La escala de los mapas


Mi mayor pasión intelectual (llegando a vicio) es la literatura. Por eso es raro que hasta ahora sólo haya hablado de la novela “La canción donde ella vive” de Daniel Ruiz. Pero es que es una de las pocas novedades que he leído últimamente, porque a mí que un libro no sea reciente me parece lo de menos.

Y, claro, eso cuadra mal con lo de Micronoticias. Pero aún así quiero hacer microcríticas literarias, porque yo como lectora agradezco las pistas de los demás y pienso que quizá a algunos les vengan bien las mías.

Para ilustrar mi juicio, incluiré una cita particularmente buena… o mala, pues también habrá alertas contra libros decepcionantes. Y llamaré a estos posts “BookCrossing” seguido del título del libro, porque me gusta la imagen de que desperdigo ejemplares por este “cibersuelo” para que otros los vayáis cogiendo.

Hoy reseño “La escala de los mapas” (1993) de Belén Gopegui, ficción, para mi gusto, excesivamente intelectual, con una trama inflada (incluso para sus 229 páginas), construida sobre la incapacidad del protagonista para comprometerse con quien, sin embargo, sabe que es el amor de su vida. Así que no la recomiendo a quien busque en la novela un devenir de sucesos.

No obstante, yo la he disfrutado en su dimensión reflexiva. Y para que os hagáis una idea de a qué me refiero con lo de “dimensión reflexiva” ahí va una perla:

“Parecería que nos zarandean (…) que trabajamos durante ocho horas, durante treinta años. Parecería que, con sus tacones rojos, ella (la realidad) provoca horror y nos cautiva con sus labios de charol. Parecería, en fin que somos fantoches suyos, pero atiéndeme: tú eres una reina y te perfumas. Tú mandas sobre los objetos y dispones que tus pendientes rimen con tu falda verdinegra, y colocas el cenicero de tal manera que su reflejo golpee y se repita en el asa dorada de la taza de té. Y en este instante tal vez pronuncias la palabra báltico porque así lo quieres, porque eso te calma, porque es esdrújula”. Pp. 152
(Cito por la edición de Compactos Anagrama, 2005)

En ese plano y en el metaliterario es reveladora, certera y placentera.