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BookCrossing: Dos crímenes de Jorge Ibargüengoitia


La novela Dos crímenes, de Jorge Ibargüengoitia, logra en 200 páginas obsesionar al lector con el destino de su protagonista, radiografiar la realidad violenta y corrupta del México de los 70 y que uno desee fervientemente oír más y más de ese castellano poderoso y mágico.

Todo empieza en el Distrito Federal, la noche de una fiesta en casa de Marcos, El Negro, y su novia, La Chamuca, simpatizantes de la izquierda clandestina (el PRI fue partido hegemónico 60 años, 1929-1989). Entre sus amigos se cuela un desconocido, espía de la Policía. Y al día siguiente se les acusa de un atentado. Así que Marcos y la Chamuca huyen pero direcciones distintas.

Marcos va a buscar ayuda –dinero- a Muérdago, la ciudad de su familia donde sólo le queda un tío, viejo, rico e impedido y unos codiciosos primos que lo cuidan como si fueran buitres a la espera de que muera.

Mentiras, intrigas, deseo –hacia su única prima, Amalia y la hija de ésta, Lucero- se entremezclan en una acción con giros sorprendentes y un final impactante.

Pero si algo destaca y atrapa desde la primera a la última página es el lenguaje, castellano exótico, exuberante que refiere y genera realidades ajenas a la de la Península ibérica.

Dormí mal. Hacía calor y me desnudé, quité las cobijas y conservé la sábana, abrí al ventana y entraron moscos; Amalia, a quien imaginé de bata chodrón y chinelas de marabú con tacón alto, me despertó las cuatro veces que fue al baño, el reloj de la parroquia tocó cada cuarto de hora, despierto me preguntaba qué suerte habría corrido La Chamuca, dormido la soñaba siendo atropellada por un camión de mudanzas, el cenzontle empezó a cantar a las cinco de la mañana, a las seis llamaron a la primera misa y a esa hora empezaron a pelearse los gorriones.
Pp. 61.

Por momentos uno cree reconocer escenarios y personajes de culebrones –que Ibargüengoitia me disculpe.

(Cita una canción que no he encontrado, que igual inventa y que describe como sigue:

‘Déjame como estaba’ es una canción que trata de un hombre que tiene una experiencia amorosa muy triste, porque las mujeres no son como él esperaba. Cuando la amante se despide él exige que lo deje como estaba antes de conocerla, “sin amor ni dolor ni nada” (Pp. 111).

A falta de ese tema podríamos sustituirlo por el maravilloso ‘Quisiera amarte menos’, en la emocionante interpretación de Chavela Vargas, cuyo vídeo encabeza este post).

Pero la enorme diferencia del libro con las citadas telenovelas (pido perdón de nuevo por la boutade) la marcan:
– La mencionada fuerza del lenguaje y sus tipismos.
– La ironía.
– El carácter de los personajes.
– Y, sobre todo, el esbozo profundamente crítico que al final queda trazado de la corrupción en el Estado y la sociedad mexicanos.

Corrupción y violencia, muchas veces impunes, que por desgracia aún desangran a ese maravilloso país, que adoro desde que fui en 2005, pero que sufre vergonzosas lacras como los feminicidios de Ciudad Juárez.

Jorge Ibarguengoitia tuvo él mismo una vida y, sobre todo, una muerte de novela. Con final trágico porque el autor, (un año más joven que García Márquez sólo ocho mayor que Vargas Llosa) murió en un accidente de avión en Madrid.

En 1983, un Boing 747 de Avianca se estrelló en Mejorada del Campo. El avión que cubría el trayecto París-Bogotá vía Madrid chocó de noche contra tres colinas y se incendió. Entre las 192 personas que viajaban (pasajeros y tripulantes), había escritores, músicos e intelectuales que acudían a un Encuentro de la Cultura Hispanoamericana. Apenas una decena sobrevivió. Ibargüengoitia murió.

Dejó viuda, la pintora inglesa Joy Laville –que ilustraba sus novelas- y una obra formada por cuentos, piezas teatrales, artículos periodísticos, relatos infantiles y más de media docena de novelas entre ellas ésta Dos crímenes, Las muertas o Los pasos de López.

Al parecer, Ibargüengoitia dudó hasta el final si ir a Colombia porque estaba preparando su séptima novela. Finalmente no sólo viajó sino que, según se dice, se llevó con él el borrador de su libro que, como él, desapareció en el siniestro.

IBARGÜENGOITIA, JORGE: Dos crímenes, Ed. RBA, Barcelona, 2010.

EL PAÍS augura éxito a mi novela, Lazos de humo

El crítico del suplemento Babelia Manuel Rodríguez Rivero, en su artículo del sábado 20 de agosto, ha augurado a mi primera novela Lazos de humo (Temas de hoy, Planeta) un éxito de ventas a la altura de los de Ruiz Zafón o María Dueñas.

Los ejercicios adivinatorios siempre me han parecido osados, jamás me planteé “escribir un superventas” y quienes me conocen -aunque sólo sea por leer las entradas de este blog- saben de mi escala de valores y los ítems que no figuran en ella. No obstante, sería fantástico que la novela que he escrito con tal esfuerzo y convicción sedujera a tantos lectores como el crítico-sibila pronostica.

Eso se comprobará a partir del 11 de octubre, fecha en que está previsto que salga a la venta. Agradezco que con casi dos meses de antelación Rodríguez Rivero con su artículo Encantado de saludarla, señora Wilde haya puesto la lupa sobre ella, habiendo como hay tantos títulos a punto de ver la luz.

Pero, insisto, cuando llegue a las librerías veremos si atrae al hombre o mujer que pase cerca de ella, si les incita a distinguirla entre el resto, cogerla, abrirla y dejarse atrapar por las primeras líneas hasta sumergirse en la historia que cuenta. Nada me ilusiona más que esa perspectiva de encuentro de la novela con cada lector, individual. Quizá, ¿quién sabe?, Rodríguez Rivero al leerla descubra algo inesperado, se sorprenda.

Entretanto reitero mi gratitud y pongo esto en vuestro conocimiento para que echéis un vistazo al texto y a la ilustración jocosa. Quien ha sido guionista de un canal de comedia como Paramount está obligada a reírse de sí misma.

Película sobre la crisis y crisis en la vida real

Se exhibe estos días el documental ganador del Oscar 2011, Inside job (Trabajo confidencial), una película imprescincible para comprender cómo la crisis financiera de 2008 no sólo se pudo haber evitar, sino es un fenómeno buscado por banqueros y especuladores para hacerse más ricos y poderosos de lo que ya eran, a costa de lo que fuera, en este caso, a costa nuestra. Por el famoso Efecto mariposa, el insecto agita sus alas en el corazón de la Gran Manzana y, aquí, en Sevilla, esta semana, despiden a diez periodistas del Correo de Andalucía que se suman a los trece desempleados, por el ERE del pasado año.

Conviene no perderse el relato de cómo los bancos crearon fondos de alto riesgo y convencieron a sus clientes de que invirtieran en ellos, contrataron a las agencias de calificación para que dijeran que eran seguros y luego, ellos mismos los hundieron en un doble juego que les hizo ganar dinero por todos lados.

¿Cómo -me pregunté en la oscuridad de la sala- esas agencias de calificación de las que no había oído hablar jamás antes de la crisis y que han participado en este fraude global de manera tan descarada son hoy fuente citadas como fiables a diario en nuestros medios de comunicación? Este mismo mediodía, en el Telediario de TVE1 he escuchado asombrada que una de las agencias (¿Hay alguna diferencia? ¿Lo sabe alguien? ¿Se lo pregunta el busto parlante?) ha colocado a Japón en el escalón previo a la degradación de su deuda. ¿Qué importancia tiene eso? ¿Qué valor? Si el día antes del crac las agencias aseveraban que todo iba de maravilla y así seguiría.

Llama también mucho la atención, escalofría, comprobar como los principales asesores económicos del presidente Bill Clinton que iniciaron la actual desregulación de los mercados financierons (lucrándose con ello), continuaron su trabajo durante la Administración Bush Jr. y, lo que es aún peor, son a quienes ha recurrido Barack Obama para, supuestamente, salir del actual desastre.

Y, por último, pero fundamental, se desenmascara el nefasto papel de la Universidad. Cómo eminencias de las facultades de Económicas más importantes e influyentes de EEUU y Gran Bretaña ampararon con sus estudios esta desregulación del mercado que nos ha llevado a donde nos ha llevado y no lo hicieron porque se equivocaran, sino porque eran pagados, subvencionados, por las entidades bancarias que más se lucraban con ese status quo. Salvando las distancias con el mundo anglosajón que cómo ya sabemos está en todo mucho más avanzado, es de preveer que en nuestra Europa, gracias al Plan Bolonia, las investigaciones académicas dependan cada vez más de esas financiaciones privadas, por lo que se ve, tan desintersadas. ¿Empezamos a temblar ya?

¿A qué vamos a esperar? El nivel de vida en todo el mundo ha bajado, los causantes no sólo han ganado dinero con ello, sino que al no verse penalizados se sienten reforzados y dispuestos a nuevas aventuras empresariales y el poder político, entretanto… Para empezar, pierde día a día credibilidad. Su incapacidad para actuar hace pensar que quienes realmente mandan son unas instituciones no elegidas lo cual hace que merme la fe ciudadana en la democracia. Si los partidos tradicionales, de izquierda y derecha, no reaccionan el electorado, o se abstiene o busca opciones en los márgenes del sistema. Por eso repuntan partidos de extrema derecha. Y preocupados por la competencia que suponen, según las encuestas, ya andan los líderes de la derecha (Berlusconi, Sarkozy y Merkel) proclamando que hay que reformar el tratado de Schengen y acabar con la libre circulación de personas por Europa. La excusa es la llegada de inmigrantes de Libia. La realidad, un nuevo recorte de derechos que sufriremos todos si no nos oponemos.

El próximo 1 de mayo, Día de los Trabajadores, es una buena oportunidad para manifestar nuestra determinación de no dejarnos avasallar. Y, entretanto, cuantos queráis manifestar vuestra solidaridad con los periodistas de El Correo de Andalucía, podéis hacerlo firmando la carta a la que se accede por este enlace.

Lucidez bajo el agua

El último libro de Rafael Argullol, Visión desde el fondo del mar, es una invitación a bucear hacia el mundo abisal de nuestra personalidad, a sumergirnos en las oscuras profundidades de nuestros anhelos y temores, aún a riesgo de que las corrientes nos ahoguen, con el convencimiento de que si sobrevivimos seremos devueltos a la superficie más sabios, más lúcidos. Más curtidos, desde luego.

En realidad, es el autor quien salta al agua. Pero el que esté dispuesto a leer las 1212 páginas de esta obra -con intencionada forma de caótico diario, saltos adelante y atrás en el tiempo y paradas en ciudades de todo el globo- debe aceptar compartir el juego.

Argullol, profesor durante 30 años en universidades europeas y estadounidenses y autor de 25 novelas que, como este libro, va a publicar la editorial Acantilado, aborda temas universales como el de la identidad, el destino, la felicidad, el dolor, la enfermedad y la muerte y sobre todo el amor y el deseo. Todo con el propósito confeso de hacer un autorretrato “para arrancar un poco más de vida al olvido, como siempre” (Pp. 1148).

Si amor y deseo tienen tanta importancia en la obra y en la vida es –se desprende- no sólo por la tiranía del instinto, sino porque resulta el camino más certero hacia la realización y el autoconocimiento.

¿Completar la Gran Frase? Encerrados en nosotros mismos jamás lo conseguiremos (…) voy indagando en las palabras invisibles, las cifras ocultas situadas entre la tumba y la cuna.
Quiero meter la mano en el cofre y dar. Para eso, no obstante, necesito que alguien llame a mi puerta. Necesito el regalo de un huésped a quien, por mi parte, yo pueda regalar mis tesoros. Sin la guía de ese huésped nunca completaremos la Gran frase. Con su cercanía, en cambio, podemos atrevernos. Nada es imposible en compañía del amigo, de la amante, del dios inesperado, del fulminante demonio o de aquel jugador que está dispuesto a jugar en un tablero sin límites.
A todos ellos ofrecemos el regalo, de todos ellos podemos recibir la donación. Las dos partes del mundo se juntan en el instante mismo en el que se produce una entrega desinteresada entre dos amigos, entre dos amantes, o cuando sentimos la elevación súbita o nos precipitamos a una sima de promesas maravillosas porque un impulso irreprimible nos arrebata a la cárcel de nuestra piel y nos arroja a la libertad del deseo: entonces, aunque sólo sea por unos días, unas horas, por el frágil parpadeo de un segundo, las palabras se engarzan, las cifras se recomponen, un extraño fulgor ilumina la Gran Frase y todo adquiere un sentido tan fácil y evidente que nos parece una rareza haber podido vivir tanto tiempo ajeno a una verdad tan obvia. Pp. 221.

Y para Argullol nada resulta más claro que el hecho de que el sentido de esta vida, abocada igual que los libros, a la aniquilación, el fuego y la ceniza, es tratar de acercarse lo más posible a la verdad. Para lo cual, discrepando nada más y nada menos que de Platón, propone la vía de desarrollar, simultáneamente, el mayor número de roles:

Durante toda mi vida he sido un entusiasta lector de Platón (…) Por el contrario, en cambio, no puedo tolerarle la nefasta pretensión suya de exigirle al hombre un solo papel para llegar a la verdad (…) para decirlo un poco al modo hindú, creo que cuantos más avatares sea capaz el hombre de tomar a lo largo de su vida, más cerca estará finalmente de la verdad. No quiero ser el virtuoso que sueña con los delitos que el pecador realiza; quiero ser algo que horrorizaría a Platón, el virtuoso y el pecador simultáneamente. Pp.1116.

Lástima que, como por desgracia es frecuente incluso en los varones más inteligentes, incurra en cierta cosificación de la mujer, se muestre convencido de que nosotras no podemos compartir su perspectiva y aún cuando quiera halagarnos nombrándonos las “sacerdotisas de la mística del enamoramiento” nos relegue al manido papel de enfermeras o cazadoras arteras con frases como:

La mujer, sobrecargada de vida, ama para salvar, mientra que el hombre, mutilado de vida ama para salvarse. Pp. 1049.

O

He temido a esas mujeres que he amado, he temido su desmesura, su magnífico don para tender redes infinitas; he temido sobre todo su obstinación en proteger el objeto de su amor arrasándolo. Pp. 1050.

Sin darse cuenta de que nosotras no estamos sentadas en la orilla, pescando, sino que hace milenios, desde el mismo día en que fueron creados los océanos, también buceamos, tan encantadas y asustadas con nuestra libertad como nuestros hermanos peces machos.

Sugerencia: Acompañar la lectura con el tema Planetes Marins, cantado en un precioso catalán por Dolo Beltrán, en el disco La vida moderna del grupo Pastora

Una joya entre toneladas de novedades editoriales


La suerte me ha sido propicia y ha puesto en mi camino un libro pequeño, lacerante y delicioso El fabuloso mundo de nada (Acantilado, 2010), de un autor, Javier Mije, del que extrañamente tampoco tenía referencia pese a ser paisanos y contemporáneos.

Se trata de un volumen de doce relatos, 103 páginas, frases e imágenes certeras como flechas que al mismo tiempo hieren y espolean. En definitiva una joya, sencilla (en su delgadez), hipnótica (en su oscura belleza) y necesaria en lo que tiene de reveladora de algunos de los más hondos conflictos de los hombres y mujeres que hoy somos, los sentimentales.

Entre las toneladas de papel que inundan las mesas de novedades de las librerías, tal vez cueste encontrar este título que apareció en junio de 2010 pero merecerá la pena pedirlo al librero o buscarlo en un anaquel.

Dado que existe una inmejorable reseña escrita por mi compañero el periodista y escritor Daniel Ruiz, en lugar de escribir yo otra, prefiero remitiros a ella.

Lo que no he podido resistir ha sido el interés de dialogar con al autor de esta obra que me parece tan pertinente y esclarecedora y el resultado de nuestro encuentro es una entrevista publicada en la revista cultural on line Tertulia andaluza.

A modo de adelanto de lo que podéis encontrar en El fabuloso mundo de nada, aquí tenéis un fragmento de su primer cuento, Las tres y diez.

“Te despediré ahora y volveré a andar solo por ahí, regresaré a los bares y a las plazas acechando abismos como el tuyo, estrellas que señalen el punto exacto donde acaba el universo, hermanas incestuosas o cualquier otro misterio que me libre del tedio, del aburrimiento de las cosas sencillas de este mundo. Procuraré esquivar la muerte junto a otra mujer hasta que mi sed de experiencias se nutra de ella, hasta que otro reloj, inevitablemente, vuelva a dar las tres y diez. Eternamente insatisfecho, enfermo de esta enfermedad mortal como otros lo están de codicia o vanidad”. Pp. 14

Javier Mije, es también autor de El camino de la oruga (Acantilado, 2003) y uno de los treinta escritores seleccionados por Andrés Neuman para la recién publicada antología de cuentistas españoles titulada Pequeñas resistencias 5 (Páginas de espuma, 2010). En este enlace podéis escuchar la entrevista que Pedro Blanco y Javier Rioyo le acaban de hacer en Hoy por hoy de la Cadena SER.

BookCrossing: Calle Katalin


Jamás había oído el nombre de la húngara Magda Szabó (Debrecen 1917-Budapest 2007), pero la edición que Mondadori acaba de hacer de su novela Calle Katalin (1969) me ha descubierto una obra y una autora brillantes.

El libro, de sólo 192 páginas, es un artificio prodigioso donde se conjugan con maestría heterodoxa el fondo y la forma, el tiempo y el espacio. Es una pieza lúcida e hipnótica, que consigue atraparnos a medida que nos presenta, a fogonazos, la historia de tres familias vecinas y amigas destrozadas por la violencia de los sucesivos nazismo y comunismo.

Concretamente los cuatro personajes que al inicio de la novela son niños, Henriett, Bálint y las hermanas Irén y Blanka, protagonizan esta historia que empieza de un modo enigmático, con una primera parte, titulada Escenarios, en la que sus nombres y los de sus padres, los de las calles y barrios que habitaron, se mezclan en un desorden premeditado que nos transmite la esencia del espacio (un Budapest reconocible aún hoy, pese a lo mucho que las circunstancias políticas han cambiado), para, a continuación, dar paso a seis capítulos (1934, 1944, 1952, 1956, 1961 y 1968) donde se exponen episodios concretos, los hechos que marcaron sus vidas.

Determinados, en su mayoría, por la persecución ideológica. Algo que, inevitablemente, nos hace pensar en la autora, en su propia biografía. Hija de una familia burguesa, Szabó publicó sus primeros libros al terminar la Segunda Guerra Mundial, pero poco después del ascenso al poder en su país de los comunistas, dejó de publicar (dedicándose en exclusiva a la enseñanza y la traducción). Su prolífica creación (novelas, ensayos, poemas) sólo volvería a ver la luz a partir de la década de los 60 pero lograría, eso sí, ser publicada en más de cuarenta países y galardonada con premios de tanto prestigio como el fracés Fémina (2003) por La puerta o el Cévenne a la mejor novela europea del año 2007 por este Calle Katalin.

La trama de la novela tiene entidad suficiente para despertar el deseo de leerla. Pero es el modo de desarrollarla (no ya contrario a la linealidad, sino ajeno a ella, con osadía militante) lo que resulta más admirable y sorprendente. Sorprendente incluso pese a que la autora nos desvele su plan en la primera hoja con estas palabras:

“El proceso de envejecer no es como lo describen los escritores, ni tampoco como se define en la medicina.

A los vecinos de la calle Katalin ni los libros ni los médicos les habían preparado para la
extraña nitidez con que la vejez les iluminaría (…) Nadie les había advertido de que la desaparición de la juventud no resultaba alarmante por lo que les quitaba, sino por lo que les daba. Ni sabiduría, ni serenidad, ni sobriedad o calma, sino la conciencia de la desintegración del Todo.

De pronto se percataron de que la vejez había desintegrado su pasado, algo que en su infancia y años de juventud habían considerado compacto y sólido; (…) El espacio se había resquebrajado en escenarios, el tiempo en fechas, los hechos en episodios, y los vecinos de la calle Katalin acabaron comprendiendo que, de todo lo que constituían sus vidas, en realidad sólo importaban unos pocos escenarios, fechas y episodios (…)

Para entonces ya sabían que entre vivos y difuntos apenas hay una diferencia cualitativa sin demasiada importancia, y que a cada ser humano le es dado tener en la vida a una sola persona a quien invocar en el instante de la muerte”.

Uno de esos libros que, al terminar, acaricias… unos de los pocos que, contra mi contumbre, voy a releer.

BookCrossing: Black, black, black

La última novela de Marta Sanz es una de las mejores que he leído últimamente. Una intriga detectivesca atípica en la que se investigan asesinatos, pero sobre todo se pone de relieve que la violencia es la base de nuestro sistema y por eso aflora no sólo cuando se asesina, sino en el día a día de unas relaciones interpersonales que son cada vez más agrias, con nuestros hijos, padres, parejas, compañeros, vecinos, inmigrantes, con nuestros semejantes.

Marta Sanz logra esta crítica corrosiva de la realidad actual con una novela coral plagada de personajes cuya personalidad, cuyo carácter, es uno de los grandes hallazgos. Los protagonistas son Arturo Zarco, detective homosexual recién salido del armario y su ex mujer, Paula Quiñones, una inspectora de Hacienda, coja, con la que mantiene, pese a la ruptura, una potentísima relación, de colaboración profesional, de amistad, de complicidad… sin duda alguna una relación sentimental.

Irónicos, sarcásticos, los dos se enfrentan en momentos sucesivos y desde sus particulares ópticas a la indagación de las muertes de dos mujeres en un edificio del centro de Madrid, conociendo a sus moradores y descártandolos como sospechosos hasta dar con el asesino. Pero algunos de estos vecinos son mucho más que secundarios. Luz y su hijo Olmo, por ejemplo, son inolvidables, en sí mismos y por la relación que entretejen.

Marta Sanz escribe desafiando cualquier corrección política (en recientes entrevistas ha dicho “huir de lo políticamente correcto para ser correctamente política”) y abriendo espacios en la novela también para lo lírico (algo que no es extraño dado que es también poeta y este mismo 2010 ha publicado los poemarios Perra mentirosa y Hardcore). Entre la multitud de pasajes muy poéticos, algunos con gran importancia de lo cromático, del color rojo, símbolo de la muerte y la violencia, destaco el siguiente:

“Las mariposas se descomponen en pleno vuelo, mis piernas se carbonizan mientras camino y los restos de ceniza van dejando un rastro sobre la acera, perder el cuerpo mientras se anda es lo mismo que ser un reloj de arena vivo, orgánico”. Pp. 74

La obra tiene también una dimensión metaliteraria, de reflexión sobre el propio acto de escribir que me encanta y que se consigue, como tantas veces, al equiparar la figura del escritor con la del detective. Destaco este fragmento:

“Soy detective porque no creo que este mundo esté loco ni que sólo las psicopatías generen las muertes violentas ni que únicamente los forenses y los criminalistas que rastrean los pelos, las huellas parciales, las cadenas de ADN, la sangre y el semen que empapan las alfombras y las sábanas puedan ponerle un nombre a los culpables. Creo en la ley de la causa y el efecto. En la avaricia. En la desesperación. En la soledad. En la compasión y en la clemencia. En los argumentos de los prevaricadores. En la necesidad de un techo y de una caldera de calefacción. En el deseo de acaparar y en los motivos ocultos del mentiroso compulsivo. Creo en la eficacia de los tratamientos psiquiátricos y en la honradez de ciertos jueces. Creo que podemos comunicarnos a través de los lenguajes y en el desciframiento de los símbolos. En los especialistas en quinésica que se convierten en jefes de recursos humanos. No todo es aleatorio ni fragmentario ni volátil ni inaprensible. Existen repeticiones. Soy detective porque creo en la razón…” Pp. 82.

Pero, por supuesto, para aprehender toda la belleza de esta sorprendente novela, original, divertida y certera, que con gran facilidad sobresale entre sus compañeras en las mesas de novedades de librerías y bibliotecas, lo que hay que hacer es acercarse a una de ellas, distinguirla, cogerla, llevársela a casa y leerla.

El arte que sangra y goza de Miquel Barceló

Obras de Miquel Barceló, esculturas, cerámicas y pinturas atrapan a quien se acerca al Caixa Forum Madrid gracias a su potencia material, a la rotundidad de su carne, vulnerable al paso del tiempo, como la humana.

Un inmenso elefante “trompa-abajo”, de 7 toneladas de bronce, llama la atención de quien pasa por el Paseo del Prado. Atrae y hace sonréir a decenas de personas que tiran de teléfono móvil para fotografiarlo. Pero sólo los que realmente sucumben a su reclamo y suben a recorrer la exposición (gratuita, por cierto) pueden otorgarle luego un significado a su malabarismo, verlo como símbolo de “la ligereza de la materia”.

En efecto, a mi criterio, ese es el leitmotiv de la muestra que repasa la carrera del artista mallorquín desde 1983 hasta el pasado 2009. Ya sus primeros lienzos como los enormes L’amour fou (1984) o The big Sphanish Dinner (1985) son cuadros que interesa ver tanto de frente como con ángulo. Lo impactante de ellos no es tanto lo que representan sino su carnalidad, su relieve. En la construcción de ese palpitar es donde se cimentan su fuerza y su verdad. En el primero, no es ya que veamos al artista tumbado, desnudo, con su miembro enhiesto, en el corazón del desorden de su estudio, frente al ventanal abierto al mar; es que olemos la sal, sentimos la fuerza del epicentro creativo. En el segundo, las sartenes y paelleras, con moluscos hechos a base de chapas de refrescos, crepitan, llenan la sala de humo, gustan a socarrat.

La carne, la vida, es con relieve y así la construye Barceló. Un relieve hacia fuera como muestra en Bodegón rosa, (1995) donde un gran pescado azul saca su cabeza del plano, pero también hacia dentro como en Ex-voto à la chévre (1994) donde la pintura se convierte, literalmente, en el pellejo rasgado de una cabra, abierta en canal.

Materialidad. De seres vivos. Y muertos. Arena del desierto que se sedimenta sobre piedras son cuadros suyos como Paysage pour aveugles sur fond vert (Paisaje para ciegos sobre fondo verde) del que el propio autor explica que está hecho siguiendo el mecanismo de las dunas hasta el punto de que si hubiera seguido aplicando brochazos, de izquierda a derecha, por tiempo prolongado, habría conseguido montañas de pintura blanca.

Una cabra, como la ya citada, es también protagonista de la sala más negra de la exposición, la presidida por el cuadro Proyecte de crucifixió nº1 (1992) donde sobre uno de los iconos más universales, la cruz, se retuerce, no Jesús, sino una chiva. Ni asomo de burla en el efecto. El cuadro es un paso más en la reflexión constante del autor sobre la materia y el sufrimiento que experimenta por el tiempo y la muerte. El animal está de nuevo abierto, rajado en su carne de óleo y también está herido el cuadro, en sus bordes sobrecargados de pintura y por eso resquebrajados, agrietados, descompuestos, como lo estarán nuestros cuerpos.

Pese a lo tremendo, la muestra no resulta oscura ni mucho menos. Hay desde luego humor negro, como en la cabeza de bronce Pinoccio mort (1998), pero también celebración del temblor vital sobre todo en sus obras africanas, que ya había visto en 2008 en la fantástica exposición que les dedicó el Museo de Arte Contemporáneo de Málaga. Pero también en las que más a las claras evidencian la brevedad del suspiro de la vida.

Entre ellas destaco Sin título (2009), un inmenso lienzo blanco azulado del que emergen tomates cortados, frutos rojos, licuosos, palpitantes como corazones, como bocas de labios carnosos colorados, como amapolas reventonas. Rodeados de futuros tomates, aún sólo embriones, y de tomates ya pasados, excrecencias, pústulas, granos. La vida y la muerte. El presente, reinando, vanidoso, bello, incontestable, sobre el futuro y sobre el pasado.

Estuve mucho tiempo sin poder despegar mis ojos del cuadro. Volví a él cuando había terminado el recorrido recomendado. Ahora lo recuerdo y oigo la Oda al tomate de Neruda, cantada por Jorge Drexler. He adjuntado una foto aunque sé que la experiencia estética que se vive ante las obras de Barceló es irreproducible. Por eso en estos tiempos de temor a las reproducciones digitales, él debe dormir tranquilo, piratear su trabajo es imposible.

La conexión sólo es posible en directo. Aprovechemos que hasta el 13 de junio el umbral estará abierto.

Una gran película ignorada por la prensa

Mientras todos los telediarios de España han informado del estreno de Avatar, una película cuyo principal valor es, aparentemente, resultar espectacular gracias a la tecnología 3D, otra cinta está pasando de puntillas por las pantallas. Injustamente, porque es buenísima.

Se trata de “In the loop”, título que podríamos traducir como “En el ajo”, en el sentido de “estar al tanto”, “enterado”, “en el meollo donde se toman las decisiones” o, concretamente en este caso, en las altas esferas políticas y militares de Gran Bretaña y Estados Unidos en vísperas de la declaración de una guerra que, por las pistas que se dan, podría ser la última del Golfo.

La película es una comedia divertidísima, desternillante y al mismo tiempo certera en su análisis, en su crítica de la vacuidad de los supuestos “responsables” del planeta.

Emparentada con series como la estadounidense El ala oeste de la Casa Blanca, o la británica The Office o películas, antiguas como Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? (1964) de Stanley Kubrick y recientes como Quemar después de leer (2008) de los hermanos Cohen, In the loop tiene entidad propia gracias a un guión formidable (coescrito por su director, el cómico escocés Armando Iannucci) y al trabajo brillante de un reparto desconocido para el espectador español, a excepción del actor que interpreta al General Miller que es James Gandolfini, protagonista de la célebre serie Los Soprano.

En definitiva, una cinta para no perderse pese al eclipse mediático que ha sufrido incomprensiblemente. Id a verla antes de que la quiten que será pronto, pues la estrenaron el 4 de diciembre. Ah, y si podéis verla en versión original, ni lo dudéis. Yo he puesto aquí el trailler traducido porque no he encontrado uno en VO subtitulada al español. Pero, francamente, no hay color. Si queréis ver el trailer en inglés pulsad aquí.

Fernando Trueba da un traspiés

Lo peor de El baile de la victoria, la última película del cineasta Fernando Trueba, es que no sólo resulta increíble, sino que abordando historias terribles, dolorosísimas, las de sus tres protagonistas, en muchos momentos, sin pretenderlo, parece una comedia, da risa.

Casi todas las críticas que había leído o escuchado antes de ver la cinta eran negativas, incluida la del amigo del realizador, Carlos Boyero, y aún así fui a verla, sobre todo porque para asombro de cualquiera este puente de diciembre apenas tenía competencia en la cartelera. Y ahora, lamentándolo mucho, tengo que decir que coincido con los críticos.

Lo siento por motivos diversos. Fernando Trueba es alguien por quien siento simpatía, con quien comparto, gustos musicales y cierto punto de vista sobre la vida. Me encantaría admirar todas sus películas. Pero si soy sincera conmigo misma, de ficción, sólo me ha gustado Belle epoque (La niña de tus ojos, no estaba mal pero tampoco me encantó). Tengo mejor impresión de sus reportajes, Calle 54 y El milagro de Candeal, en ambos casos “la música me llevó”.

Además, la película parte de una historia potente, de la denuncia no sólo de las atrocidades pinochetistas en Chile, sino de la actual indiferencia de una acomodada clase media hacia las víctimas de la dictadura aún vivas. Algo que siento necesario y que me escalofría.

En tercer lugar, se trata de la versión de una novela de Antonio Skármeta, autor de aquel “El cartero y Pablo Neruda” tan maravillosamente llevado al cine.

Y a pesar de todo, la chispa no salta (ni en dos horas de metraje). En parte, por causa de los actores, todos francamente mejorables, salvo quizá Ricardo Darín (aún así muy lejos de su magistral papel en El secreto de sus ojos, esta misma temporada). Pero sobre todo, por la propia concepción del filme (guión + dirección).

Lo resumo en dos objecciones, de forma y de fondo. En cuanto a la primera, parece una película anterior a la conquista de un lenguaje propio por el cine. Resulta increíble que todavía un director se sienta obligado a mostrar un ojo, cuando un personaje dice “ojo”, una pestaña cuando se pronuncia esa palabra, un muchacho comiendo una sandía cuando se cuenta en qué circunstancias lo apresaron. No debería hacer falta decir hoy que no es necesario que la imagen y la palabra concidan, es más, que es redundante.

Sobre el fondo, es un tópico, falso como casi todos, que una muchacha, por haber sufrido, muchísimo, por ser huérfana de desaparecidos políticos, por haber perdido el habla a consecuencia del trauma, por ser pobre y prostituirse para salir adelante, sea más artista que nadie, baile mejor que ninguna otra bailarina, con más sentimiento. Es falso que el arte sea hoy tan raro, tan escaso, como para que un periodista (interpretado por el novelista Skármeta, con las limitaciones que pueden imaginarse) se sienta conmocionado al ver bailar una vez, tres minutos, a una chiquilla.

El drama hoy es, más bien, que hay muchos artistas. La universalización de la educación (al menos en Occidente), una de las grandes conquistas democráticas, lleva aparejada la multiplicación de la mano de obra cualificada, incluso artística. Algo que casa fatal con el sistema sobre el que se cimienta nuestro mundo, el mercado, que exige una oferta pequeña, para una gran demanda a fin de que los precios sean altos. Igual que se prefiere tirar litros de leche por las alcantarillas a que su precio baje, se malgasta, malbarata, obvia, el mucho talento que hay. La Victoria de la película no habría brillado nunca en ninguna crónica periodística. Tal vez ahí haya un buen tema para una buena película.