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Película sobre la crisis y crisis en la vida real

Se exhibe estos días el documental ganador del Oscar 2011, Inside job (Trabajo confidencial), una película imprescincible para comprender cómo la crisis financiera de 2008 no sólo se pudo haber evitar, sino es un fenómeno buscado por banqueros y especuladores para hacerse más ricos y poderosos de lo que ya eran, a costa de lo que fuera, en este caso, a costa nuestra. Por el famoso Efecto mariposa, el insecto agita sus alas en el corazón de la Gran Manzana y, aquí, en Sevilla, esta semana, despiden a diez periodistas del Correo de Andalucía que se suman a los trece desempleados, por el ERE del pasado año.

Conviene no perderse el relato de cómo los bancos crearon fondos de alto riesgo y convencieron a sus clientes de que invirtieran en ellos, contrataron a las agencias de calificación para que dijeran que eran seguros y luego, ellos mismos los hundieron en un doble juego que les hizo ganar dinero por todos lados.

¿Cómo -me pregunté en la oscuridad de la sala- esas agencias de calificación de las que no había oído hablar jamás antes de la crisis y que han participado en este fraude global de manera tan descarada son hoy fuente citadas como fiables a diario en nuestros medios de comunicación? Este mismo mediodía, en el Telediario de TVE1 he escuchado asombrada que una de las agencias (¿Hay alguna diferencia? ¿Lo sabe alguien? ¿Se lo pregunta el busto parlante?) ha colocado a Japón en el escalón previo a la degradación de su deuda. ¿Qué importancia tiene eso? ¿Qué valor? Si el día antes del crac las agencias aseveraban que todo iba de maravilla y así seguiría.

Llama también mucho la atención, escalofría, comprobar como los principales asesores económicos del presidente Bill Clinton que iniciaron la actual desregulación de los mercados financierons (lucrándose con ello), continuaron su trabajo durante la Administración Bush Jr. y, lo que es aún peor, son a quienes ha recurrido Barack Obama para, supuestamente, salir del actual desastre.

Y, por último, pero fundamental, se desenmascara el nefasto papel de la Universidad. Cómo eminencias de las facultades de Económicas más importantes e influyentes de EEUU y Gran Bretaña ampararon con sus estudios esta desregulación del mercado que nos ha llevado a donde nos ha llevado y no lo hicieron porque se equivocaran, sino porque eran pagados, subvencionados, por las entidades bancarias que más se lucraban con ese status quo. Salvando las distancias con el mundo anglosajón que cómo ya sabemos está en todo mucho más avanzado, es de preveer que en nuestra Europa, gracias al Plan Bolonia, las investigaciones académicas dependan cada vez más de esas financiaciones privadas, por lo que se ve, tan desintersadas. ¿Empezamos a temblar ya?

¿A qué vamos a esperar? El nivel de vida en todo el mundo ha bajado, los causantes no sólo han ganado dinero con ello, sino que al no verse penalizados se sienten reforzados y dispuestos a nuevas aventuras empresariales y el poder político, entretanto… Para empezar, pierde día a día credibilidad. Su incapacidad para actuar hace pensar que quienes realmente mandan son unas instituciones no elegidas lo cual hace que merme la fe ciudadana en la democracia. Si los partidos tradicionales, de izquierda y derecha, no reaccionan el electorado, o se abstiene o busca opciones en los márgenes del sistema. Por eso repuntan partidos de extrema derecha. Y preocupados por la competencia que suponen, según las encuestas, ya andan los líderes de la derecha (Berlusconi, Sarkozy y Merkel) proclamando que hay que reformar el tratado de Schengen y acabar con la libre circulación de personas por Europa. La excusa es la llegada de inmigrantes de Libia. La realidad, un nuevo recorte de derechos que sufriremos todos si no nos oponemos.

El próximo 1 de mayo, Día de los Trabajadores, es una buena oportunidad para manifestar nuestra determinación de no dejarnos avasallar. Y, entretanto, cuantos queráis manifestar vuestra solidaridad con los periodistas de El Correo de Andalucía, podéis hacerlo firmando la carta a la que se accede por este enlace.

Elocuencia, acción individual y transformación social

La película triunfadora en la última edición de los Oscar, El discurso del rey, guarda en el cofre de un férreo clasicismo formal un canto a la elocuencia y al valor movilizador, transformador de la palabra que no puede ser más vanguardista en estos días de revolución en lo que muy imprecisamente se llama “el mundo árabe”.

Ganadora de las estatuillas a mejor película, director, guionista y actor protagonista, la cinta narra la historia de un rey tartamudo -el padre de la actual monarca británica Isabel II-, en el instante crítico de tener que liderar a sus ciudadanos ante el desafío de la II Guerra Mundial. Y más allá de constatar que el actor Colin Firth merecedor de todo reconocimiento hace tiempo, lo ha alcanzado al fin, como tantos, al interpretar un personaje con discapacidad, cabe señalar que resulta paradógico cuánto conmueve a Occidente una historia sobre la importancia de la palabra cuando en realidad, el discurso es en nuestro mundo un valor a la baja.

En fecha reciente un brillante profesor universitario de Literatura me ha confesado que no cree ya en la palabra y otro no menos lúcido escritor ha afirmado rotundo ante mí que carece de fe en el poder transformador de la literatura. Y creo que ambos han sido altavoces de sentimientos generarizados. Las palabras, parecemos concluir, servían antaño.

Pero he aquí que los corresponsales de esos periódicos nuestros cada vez más delgados, precisamente porque hasta sus dueños dudan ya del interés de esas grafías entintadas que son su carne y su sangre, dan cuenta de pueblos y ciudades donde el lenguaje sigue sirviendo. En Túnez, Egipto, Libia, la comunicación oral, en Facebook, Twitter o SMS ha sacado a la gente a la calle.

Acciones individuales, ésas que en Occidente también solemos calificar de inútiles, han logrado respaldo ciudadano y las reivindicaciones sociales, que asimismo nosotros, “burgueses acomodados” -al menos reconozcámoslo- consideramos voluntariosas, bienintencionadas pero abocadas al fracaso, han logrado derrocar regímenes totalitarios, dictaduras, que los europeos y los norteamericanos, por acción u omisión, respaldábamos.

Así que las palabras no sólo servían hace un siglo en este viejo continente nuestro, sino que siguen valiendo hoy incluso en lugares con gran proporción de iletrados. Y en otros territorios -me viene a la mente China- se censuran mensajes impresos o digitales precisamente porque a los tiranos no les cabe duda del poder del verbo.

Quizá aquí la censura no sea necesaria porque de un modo funesto alguien nos ha convencido de que nada de lo que digamos o hagamos valdrá de algo, transformará, mejorará la vida, la sociedad. ¿De verdad lo creemos? ¿Queremos creerlo? ¿Por qué entonces entre todas las películas distinguimos, no sólo con premios sino con el respaldo en taquilla, una como El discurso del rey? ¿Por qué al ver los telediarios nos conmovemos ante el valor de esos ciudadanos, muchos de ellos mujeres, a los que antes de ayer nos permitíamos considerar población adocenada sometida al dictado de regímenes autoritarios cuando no teocráticos? ¿Acaso no sentimos un punto de envidia ante su convicción de que algo se puede hacer todavía, de que aún cabe la rebeldía?

Acabo de conseguir la edición traducida al español de ese libelo político que ha sido el fenómeno editorial en Francia en el pasado 2010, un librito de apenas 60 páginas titulado Indignáos, escrito por Stéphane Hessel, un nonagenario que, en tiempos, fue miembro de la resistencia anti-nazi. Quizá haga una breve reseña del mismo cuando lo lea, pero de momento y apriorísticamente no puedo dejar de convenir con su autor que motivos para indignarnos no faltan tampoco en esta parte privilegiada del mundo. Y que, mientras no se demuestre lo contrario, no existe herramienta más efectiva para la reacción y la subversión que la palabra.

Caza a la espía, gran película política

Urge ir al cine y ver Caza a la espía, fantástica película y uno de los testimonios más certeros, pertinentes y atractivos de la actual coyuntura política que se han proyectado en los últimos tiempos.

La cinta está basada en el caso real de la espía Valerie Plame cuya identidad fue desvelada por el Gobierno del presidente George Bush Jr. y el vicepresidente Dick Cheney en venganza a un informe de su marido Joe Wilson descartando la existencia de armas de destrucción masivas en Irak. Naomi Watts y Sean Penn (productor y alma mater de la película) encarnan magistralmente a los dos miembros de este matrimonio que sufrió el acoso de la Casa Blanca por dejarle sin la coartada fundamental para justificar la segunda guerra de Irak.

No es que la película descubra algo que no supiéramos, dado que se trata de un episodio cierto y del que dieron noticia los medios internacionales. Sin embargo, tiene dos logros fundamentales. De un lado, consigue atrapar al espectador, mantenerle atento, alerta, en tensión, hacerle olvidar que conoce el desenlace, conseguir que “disfrute sufriendo” como en cualquier película de acción trepidante. Y al mismo tiempo lo coloca en la incómoda tesitura de sentirse cómplice, por omisión, de esa maquinaria de poder que silencia a los disidentes, a los discrepantes, a los críticos, que juega con las vidas tanto de los iraquíes, como de los soldados americanos y por supuesto de cualquier individuo o sector de la población civil occidental que se resista a dar por bueno el discurso oficial.

Sabemos que esto pasó. Que estas cosas han ocurrido y siguen sucediendo. Las damos tan por hecho que ya no nos asombran cuando tenemos noticias de ellas en prensa, radio o TV. No obstante, películas como ésta -o Leones por corderos (con Robert Redford, Meryl Streep y Tom Cruise) o la británica In the loop) nos hacen preguntarnos ¿vamos a seguir mirando hacia otro lado? ¿No vamos a reaccionar?

Hay una especie de alegato final, una intervención del personaje que interpreta Sean Penn ante un grupo de estudiantes que es especialmente emocionante:
De un lado, recupera una anécdota según la cual cuando Benjamin Franklin ayudó a Thomas Jefferson y John Adams a redactar la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776) una mujer le preguntó: “Bien doctor, ¿qué régimen, qué tipo de estado nos han legado? Él contestó: Una república, si lograis conservarla”.

Y de otro, afirma algo que parece increíble que podamos haber olvidado: que la democracia no es un viaje gratuito, que hay que pagar un peaje y que éste consiste en seguir luchando por su mantenimiento a diario, sin descanso pues, en caso contrario, cualquier día despertaremos y nos daremos cuenta, escalofriados, de que se ha subvertido tanto que en realidad no existe ya.

Veo y escucho a Sean Penn y le agradezco que pronuncie en un medio de masas un discurso intelectual que me cuesta encontrar incluso en los púlpitos reservados a los grandes pensadores -filósofos, escritores, economistas, políticos, politólogos-, tan descreídos casi todos. Lástima que ni siquiera el cine sea masivo ya y que, además, se haya elegido un título tan anodino, engañoso y disuasorio -tanto en la versión traducida como en la original, Fair play– que oculta la esencia de esta cinta: ser una película, en el mejor sentido de la palabra, “política”.

Pase abierto del documental Mirarse el ombligo

El vértigo de una treintañera ante la aventura de la maternidad es el tema central del documental Mirarse el ombligo, co-dirigido por Ana Álvarez-Ossorio y Pilar Gómez, que se proyecta en pase abierto hoy, martes 11 de mayo, a las 21.00 horas en la sala La Fundición de Sevilla (Casa de la Moneda, C/ Habana, 18) y el miércoles 19 de este mes en Madrid, en la Sala Triángulo.

El documental cuenta, ya de partida, con el acierto de la elección del tema al reflejar el dilema de una mujer de 34 años que desea ser madre pero no encuentra el momento, dilema que no es sólo suyo sino de su generación.

El título elegido también es muy certero pues la locución Mirarse el ombligo remite al sentimiento de egoísmo, en mi opinión legítimo, de quien no quisiera que la maternidad fuera una rémora, para su desarrollo profesional, por ejemplo, pero también describe el gesto típico de las embarazadas de mirarse, acariciarse la barriga, de empezar a convertirla en centro de su vida como luego lo será su hijo o hija.

El eje central del documental es la indagación de su protagonista sobre por qué hoy cuesta tanto tomar la decisión de tener un hijo cuando hace no tanto ser madre era incuestionable, un destino, muchas veces el único, para las mujeres. Y la cinta avanza con las conversaciones que la protagonista mantiene sobre el tema con su familia y amigos.

Mirarse el ombligo, con duración de 61 minutos, es una producción de El Mandaíto Producciones, sobre idea original y guión de Pilar Gómez y montaje de Ana Álvarez-Ossorio. Gómez tiene ya una dilatada trayectoria como autora teatral e intérprete en obras como Mejorcita de lo mío, y Álvarez-Ossorio, que estudió en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños (Cuba), ha trabajado en producción de cine y teatro y estrenó hace tres años el documental colectivo Teebra. Retrato de mujeres saharauis.

Todos los interesados en acudir al pase de Mirarse el ombligo (entrada gratuita hasta completar aforo) deben confirmar su asistencia por mail (mirarseelombligo@gmail.com) o teléfono (954 374 103).

Regalo de Reyes: Falling Slowly

En vísperas de la que es mi fiesta preferida, me disfrazo de “reina maga” para haceros un doble regalo: la canción Falling Slowly y la recomendación de no perderos este año la película a la que pertenece, el musical Once.

Once es una película de 2007 pero se ha convertido para mí en un clásico a revisitar, al menos una vez al año, al menos en Navidad. La asocio al frío porque está rodada en las calles de un Dublín invernal. Pero también porque el vídeo que os adjunto en este post, mi preferido de sus protagonistas, Glen Hansard y Marketa Irglova, los muestra cantando en el nevado Festival de Sundance 2007.

El éxito en ese certamen y el ganar luego el Oscar al mejor tema original, este Falling Slowly, fueron triunfos inesperado para sus protagonistas, músicos reales. Sólo en EEUU la película pasó de estrenarse con dos copias el 20 de mayo de 2007 a exhibirse un mes después en 126 salas y recaudar más de 3 millones de dólares.

A pesar de todo, la película y su hermosísima banda sonora pasaron bastante desapercibidas en España donde, aún hoy, siguen siendo poco conocidas. Yo misma cuando entré en la sala de cine, en 2007, lo hice a regañadientes porque no había entradas para la película que quería ver y que hoy ni recuerdo. La publicidad de Once fue espantosa. La pregunta retórica que se suponía debía atraer al publico era disuasoria:”¿Cuántas veces llega el verdadero amor? (How often do you find the rignt person?)” Y la respuesta era peor: “Once” (pues dejaron la palabra inglesa original en vez de traducirla por “Una vez”, dando pie como poco al equívoco, o peor al ridículo.

Pero en cuanto escuché a Glen Hansard supe que aquella no iba a ser una estúpida comedia romántica. Luego entró en escena Irglova, cantaron a dos voces, tocaron el piano a cuatro manos y, definitivamente, me ganaron para su causa: la de un musical contemporáneo, donde las canciones no son aderezo, tienen entidad propia, por eso no se cortan, se emiten y reciben, se disfrutan de principio a fin. Los temas, cada tema justifica la película, que exista. Pero además la cinta logra el prodigio, el milagro de levantar, a estas alturas, una historia de amor que electriza.

Ese relato, esa voces, son mi regalo, vía post, en esta fiesta de Reyes en la que, como dice el escritor Gustavo Martin Garzo (EL PAIS, domingo 3/01/2010) el mejor regalo es la ilusión.

Distrutad de ella, de la canción y, en cuanto podáis, de la película.

Una gran película ignorada por la prensa

Mientras todos los telediarios de España han informado del estreno de Avatar, una película cuyo principal valor es, aparentemente, resultar espectacular gracias a la tecnología 3D, otra cinta está pasando de puntillas por las pantallas. Injustamente, porque es buenísima.

Se trata de “In the loop”, título que podríamos traducir como “En el ajo”, en el sentido de “estar al tanto”, “enterado”, “en el meollo donde se toman las decisiones” o, concretamente en este caso, en las altas esferas políticas y militares de Gran Bretaña y Estados Unidos en vísperas de la declaración de una guerra que, por las pistas que se dan, podría ser la última del Golfo.

La película es una comedia divertidísima, desternillante y al mismo tiempo certera en su análisis, en su crítica de la vacuidad de los supuestos “responsables” del planeta.

Emparentada con series como la estadounidense El ala oeste de la Casa Blanca, o la británica The Office o películas, antiguas como Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? (1964) de Stanley Kubrick y recientes como Quemar después de leer (2008) de los hermanos Cohen, In the loop tiene entidad propia gracias a un guión formidable (coescrito por su director, el cómico escocés Armando Iannucci) y al trabajo brillante de un reparto desconocido para el espectador español, a excepción del actor que interpreta al General Miller que es James Gandolfini, protagonista de la célebre serie Los Soprano.

En definitiva, una cinta para no perderse pese al eclipse mediático que ha sufrido incomprensiblemente. Id a verla antes de que la quiten que será pronto, pues la estrenaron el 4 de diciembre. Ah, y si podéis verla en versión original, ni lo dudéis. Yo he puesto aquí el trailler traducido porque no he encontrado uno en VO subtitulada al español. Pero, francamente, no hay color. Si queréis ver el trailer en inglés pulsad aquí.

Fernando Trueba da un traspiés

Lo peor de El baile de la victoria, la última película del cineasta Fernando Trueba, es que no sólo resulta increíble, sino que abordando historias terribles, dolorosísimas, las de sus tres protagonistas, en muchos momentos, sin pretenderlo, parece una comedia, da risa.

Casi todas las críticas que había leído o escuchado antes de ver la cinta eran negativas, incluida la del amigo del realizador, Carlos Boyero, y aún así fui a verla, sobre todo porque para asombro de cualquiera este puente de diciembre apenas tenía competencia en la cartelera. Y ahora, lamentándolo mucho, tengo que decir que coincido con los críticos.

Lo siento por motivos diversos. Fernando Trueba es alguien por quien siento simpatía, con quien comparto, gustos musicales y cierto punto de vista sobre la vida. Me encantaría admirar todas sus películas. Pero si soy sincera conmigo misma, de ficción, sólo me ha gustado Belle epoque (La niña de tus ojos, no estaba mal pero tampoco me encantó). Tengo mejor impresión de sus reportajes, Calle 54 y El milagro de Candeal, en ambos casos “la música me llevó”.

Además, la película parte de una historia potente, de la denuncia no sólo de las atrocidades pinochetistas en Chile, sino de la actual indiferencia de una acomodada clase media hacia las víctimas de la dictadura aún vivas. Algo que siento necesario y que me escalofría.

En tercer lugar, se trata de la versión de una novela de Antonio Skármeta, autor de aquel “El cartero y Pablo Neruda” tan maravillosamente llevado al cine.

Y a pesar de todo, la chispa no salta (ni en dos horas de metraje). En parte, por causa de los actores, todos francamente mejorables, salvo quizá Ricardo Darín (aún así muy lejos de su magistral papel en El secreto de sus ojos, esta misma temporada). Pero sobre todo, por la propia concepción del filme (guión + dirección).

Lo resumo en dos objecciones, de forma y de fondo. En cuanto a la primera, parece una película anterior a la conquista de un lenguaje propio por el cine. Resulta increíble que todavía un director se sienta obligado a mostrar un ojo, cuando un personaje dice “ojo”, una pestaña cuando se pronuncia esa palabra, un muchacho comiendo una sandía cuando se cuenta en qué circunstancias lo apresaron. No debería hacer falta decir hoy que no es necesario que la imagen y la palabra concidan, es más, que es redundante.

Sobre el fondo, es un tópico, falso como casi todos, que una muchacha, por haber sufrido, muchísimo, por ser huérfana de desaparecidos políticos, por haber perdido el habla a consecuencia del trauma, por ser pobre y prostituirse para salir adelante, sea más artista que nadie, baile mejor que ninguna otra bailarina, con más sentimiento. Es falso que el arte sea hoy tan raro, tan escaso, como para que un periodista (interpretado por el novelista Skármeta, con las limitaciones que pueden imaginarse) se sienta conmocionado al ver bailar una vez, tres minutos, a una chiquilla.

El drama hoy es, más bien, que hay muchos artistas. La universalización de la educación (al menos en Occidente), una de las grandes conquistas democráticas, lleva aparejada la multiplicación de la mano de obra cualificada, incluso artística. Algo que casa fatal con el sistema sobre el que se cimienta nuestro mundo, el mercado, que exige una oferta pequeña, para una gran demanda a fin de que los precios sean altos. Igual que se prefiere tirar litros de leche por las alcantarillas a que su precio baje, se malgasta, malbarata, obvia, el mucho talento que hay. La Victoria de la película no habría brillado nunca en ninguna crónica periodística. Tal vez ahí haya un buen tema para una buena película.