Archivo mensual: enero 2017

Palabras al recibir el XXV Premio de la Comunicación de la Asociación de la Prensa de Sevilla

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Permitidme que comparta con vosotros qué distinto este momento a la noche de Lesbos. Bomberos andaluces en el Egeo: Ahí llegan. Esos que llamamos refugiados y no refugiamos. Los mismos que, un año después, seguimos permitiendo que mueran, en el mar o bajo la nieve. Yo estoy aquí por ellos. Por ti, Rateb Ramadam, cuyos hijos, al fin hoy, han cruzado la frontera de Líbano y están ya con tu mujer y, si todo va bien, en diez días aquí contigo en Sevilla; y por Nissrin Aljundi y su familia en Siria, país en guerra desde hace cinco años. Y por Ali, hijo de 6 años, del iraquí Ayad Toman, niño muy enfermo en un campamento en Chipre sin que se le reunifica con su madre en Alemania. Y por el paquistaní Adeel Ilyas, apaleado a diario entre Serbia y Hungría, como vemos por Facebook. Para todos ellos y para quienes cruzan el Estrecho para llegar a nuestra Andalucía, vivos o muertos, es mi pensamiento.

Agradezco este XXV Premio de la Comunicación, a la Asociación de la Prensa de Sevilla, Ayuntamiento, Colegio de Periodistas, Asociación para el Progreso de la Comunicación y Cajasol, el reconocimiento al trabajo hecho en 2016: con el documental CONTRAMAREA y crónicas fundamentalmente publicadas en eldiario.es.

Un premio que me abruma, de hecho, por la gran labor de tantos compañeros. Por supuesto Francisco Carrión y quienes hoy reciben las menciones especiales y el nombramiento de socio de honor. Enhorabuena a todos. Lo recibo como reto y como oportunidad de insistir en la campaña de la APS #AcojamosALosRefugiadosYa. (Gracias, directiva, Rafael Rodríguez, Carolina Fernández, asociados por ponerla en marcha) Acojamos a los 17.680 refugiados que prometió el Gobierno de los que, en año y medio, han llegado 1.034.

Autoridades, necesitamos que hagáis la acogida prioritaria. Pero de verdad. Pasad de la declaración a la acción. Ayuntamientos y comunidades, unidos, partidos en el Congreso, en un contexto de Gobierno en minoría, al primer pacto que el Ejecutivo proponga exigid la acogida. No consintáis un día más este horror.

El trabajo premiado es colectivo, por eso es de justicia compartir el galardón con:

– La ONG de profesionales del rescate en Lesbos, fundada en Andalucía, Proem-Aid. Hoy nos acompaña uno de sus fundadores, Manuel Blanco, quien aún tiene, con dos compañeros, proceso abierto en Grecia acusado de tráfico de personas. Fuimos a Lesbos por ellos. Y documentamos su trabajo y el ese voluntario internacional que, rescatando a personas concretas, salva nuestra dignidad colectiva y el proyecto de Europa. Hoy los representan aquí, Angelina Delgado, Saloua Bouzid de Cepaim y los alemanes Daniel Alexander Peek y Angelika Berbuir.

– El imprescindible activista de Sevilla, Federico Noriega, que me presentó al profesor universitario y director Carlos Escaño.

– Carlos, compañero, el premio es tuyo porque todo empezó con tu impulso de denunciar lo que ocurría en Lesbos, con tu inusual disposición a colaborar con una desconocida, de otro ámbito, conmigo. Te pertenece porque el documental es tan tuyo como mío y sigue la senda de tu creación audiovisual previa, cargada de esperanza transformadora, sin la menor ingenuidad. Y de belleza, con tus imágenes y música. No un premio, sino un regalo, ha sido conocerte este 2016 y espero que sigamos trabajando.

– Todo el equipo: Jaime Rodríguez, Francisco Cuadrado, el actor Antonio Dechent, tantos que han colaborado.

– David Meseguer que nos publicó cuando dirigía ViceNews, medio que por desgracia acaba de cerrar en España.

– Y sobre todo eldiario.es que nos acreditó y publicó. ¡”Periodismo a pesar de todo”! Hoy representado aquí por su directora en Andalucía, Lucrecia Hevia. Gracias por traer esta edición al sur, hacerla desde el sur, por contar conmigo desde el principio y avalar mi trabajo ante Madrid.

– Todos los medios e instituciones que habéis acercado la Contramarea a los ciudadanos, divulgando la existencia del documental, emitiéndolo, como Canal Sur y Filmin, proyectándolo como los Centros Cívicos, premiándolo, como la ONCE y Cruz Roja de Andalucía.

Mi padre, Tomás Iglesias, abogado y militante del PTE en la clandestinidad y Transición, me legó su compromiso democrático y su admiración por la prensa. Él, de cuya muerte se acaban de cumplir 20 años, estaría hoy orgulloso de la contribución de su hija, aunque sea modesta. Y el recuerdo de su entrega, su trabajo duro, defendiendo tantas veces, en los Tribunales los derechos laborales de los periodistas, -tantas contigo, Carlos Crisóstomo Pizarro- me lleva a dar un paso adelante y confesar públicamente, casi como en una reunión de alcohólicos anónimos: Me llamo María Iglesias y yo tampoco puedo vivir de lo que escribo. Porque entre los afortunados que trabajamos en el periodismo, somos legión los que cobramos a la pieza. Y en este mundo en el que “Tanto cobras, tanto vales”, con frecuencia, la mayoría de las jornadas, ¿verdad compañeros?, no valemos nada. Sin embargo, sin periodistas no hay periodismo. Y sin periodismo no hay democracia.

Que yo me quejara, sería obsceno. Soy una privilegiada. Pude pagar ir a Lesbos y, como el sustento de mis tres hijos no depende de mi suelo, seguir echando horas al documental. Mi amor, mi compañero, Marcos Donas, mi madre trabajadora, Isabel Real, mi maravillosa hija Paula, la mujer que cuida a mis mellizos para que yo asista a actos como este, Mónica Barroso, son quienes garantizan que yo me realice como madre y profesional. Pero si del sistema dependiera, yo estaría fuera. Como cada vez más miembros de nuestra sociedad. ¿Cuánto periodismo, como el que hoy premiáis, o mejor, se pierde? ¡Más, hecho por mujeres! ¡Cuánto de mayores de 50 años!

La exclusión se extiende, como un vertido tóxico, del Tercer Mundo al primero. Y la crisis humanitaria de los refugiados es paradigmática del reto civilizatorio que afrontamos frente al neofascismo. Tenemos que hacer cumplir la legalidad internacional. Porque si los derechos humanos son papel mojado -en la frontera del Egeo, México, la de Ceuta y Melilla o el Sáhara Occidental-, será que el Estado Derecho es mentira, que ha muerto. Y todos lo sufriremos.

Acabo leyendo un pasaje de Nada crece a la luz de la luna (Ed. Errata Naturae), de la noruega Torborg Nedreaas, (1947). La novela, el otro género literario, tan valorado y lucrativo como el periodismo, al que con la misma pasión me dedico:

“¿No es extraño que la mayoría esté de acuerdo en que hay algo que va tremendamente mal pero, a la hora de la verdad, no quieren que se produzca cambio alguno? (…)

El mundo se construye de forma equivocada, convierte a millones de personas en víctimas de la existencia mientras que unos pocos disfrutan muchísimo sin entender por qué los demás no son felices y se dejan azotar con gusto hasta morir. No es intención de la naturaleza que esto sea así, pues la Tierra tiene suficiente para todos.

Somos los humanos quienes sentimos debilidad por la luz de luna. Tenemos miedo a que nos dé la ardiente luz del sol. Anhelamos el sol, pero nos sentimos más seguros a la luz de la luna. No nos ciega. No nos abrasa. Sin embargo, nada crece a la luz de la luna.

Esto es todo lo que quería contar. La gente tiene que despertar ya y mirar a su alrededor. Es lo que quiero que hagas”.

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