Crítica al discurso del Consulado francés tras el atentado a “Charlie Hebdo”

Concentracion Charlie Hebdo consulado Sevilla

Agradezco públicamente a la Asociación de la Prensa de Sevilla la convocatoria ayer de la concentración de condena al atentado al Charlie Hebdo, así como celebro la reunión ante el Consulado de Francia de centenar y medio de ciudadanos para compartir el dolor y el compromiso con una convivencia democrática y tolerante que tiene por baluarte irrenunciable la libertad de expresión y el humor.

Me siento, no obstante, obligada a un ejercicio crítico. Y lo afronto consciente de que la violencia terrorista crea en la ciudadanía un clima de temor y visceralidad que hace a muchos reclamar el prietas las filas y la suspensión de la más mínima censura a cuando  se haga en el bando contrario a los asesinos. Lamento si a alguien molesta mi comentario pero no me sentiría fiel al espíritu de los asesinados, ni al testimonio que nos dejan como legado si abrazara lo políticamente correcto y callara lo que pienso por miedo a ser criticada. Ellos han estado dispuestos a pagar el precio más alto. Así que aquí va:

El discurso de la agregada cultural de Francia en Sevilla me pareció desafortunado en forma y fondo:

En primer lugar, dado que no era el consulado quien convocaba -pudiendo haberlo hecho- no entiendo cómo ni por qué se arrogó la responsabilidad de redactar y leer las palabras del encuentro. Tal vez, y aquí incluyo la autocrítica al colectivo y asociación al que pertenezco, debimos prever que todo acto requiere de palabras a los asistentes y nuestro respetuoso silencio sembró el terreno para que el consulado fuera quien se dirigiera a quienes nosotros -plural mayestático, pues soy sólo una asociada- habíamos convocado.

Del discurso en sí -que recibí entrecortado por falta de microfonía- me chirriaron varios aspectos:

Para empezar que fuera exclusivamente en francés y se iniciara con eso que parece haberse impuesto en la política francesa del “Mes chers compatriotes”. Como francófona que soy, el idioma no era para mí un problema. Pero había no sólo españoles, sino ciudadanos de otras nacionalidades en la plaza que no sólo no entendieron qué se hablaba sino que legítimamente pudieron sentirse excluidos de las palabras. Cuando uno de los grandes legados de Francia a la civilización global, no es el patriotismo -que brilló anoche en las palabras oficiales, como lo hace tiempo atrás en el Estado francés- sino la universalidad. Lo que se proclamó en la Revolución Francesa fue “La declaración de derechos del hombre y del ciudadano”, no “del compatriota francés”.

Me sobró patrioterismo y llamamiento a “la grandeur”. Francia no es ni más ni menos grande que el resto de naciones y pueblos de la Tierra. A mi modesto criterio, Francia ni siquiera es ese hexágono de tierra que limita al sur con España y el Mediterráneo, al oeste con el Atlántico y al Este con Bélgica, Luxemburgo, Alemania, Suiza, Mónaco. La Francia de la que yo me siento ciudadana -figurando en mi DNI la nacionalidad española- es la de los valores revolucionarios: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Y la de esa Marsellesa que cantamos emocionados y cuya letra sangrienta tuve que explicar luego a mi hija de vuelta a casa.

Porque el himno nacional que clama a “abrevar de sangre impura los surcos de nuestros campos”, no se canta de forma literal, avivando la violencia. La Marsellesa con la crueldad que encierran sus palabras es el canto contra la opresión, sea quien sea quien la ejerza. Es un canto de lucha contra el déspota. Nació en boca del pueblo que subía del Sur al Versalles del Rey Sol, quedó inmortalizado en labios de los resistentes al nazismo, clientes en Casablanca del Bogart-Rick y será canto que entonar, llegado el caso -ojalá no lo quieran los votantes- de que la extrema derecha, con Marine LePen a la cabeza, resucite desde Francia y para toda Europa ese fanatismo siamés del integrismo islámico que es el fascismo.

Finalmente estuvo fuera de lugar la defensa de la agregada de las operaciones militares francesas actuales en ámbitos internacionales, pasando por alto que los congregados éramos ciudadanos con legítimos criterios distintos a ese respecto como a otros tantos. Como bien lo podían ser las propias víctimas del atentado.

Anoche estábamos convocados para rechazar un ataque a la vida arrancada a doce personas y que aún luchan por mantener otros diez. Eso lo primero pues tan víctimas son los dibujantes y periodistas como los policías. En segundo lugar, para  y prensa, nuestra fe en el poder de la creatividad y el humor. Y, finalmente, quizá esto a mi modesto criterio, para apostar por la tolerancia que incluye el pilar más olvidado de los tres valores revolucionarios, la fraternidad, negándonos a dejarnos arrastrar por la espiral de odio, venganza y violencia de los extremismos que se necesitan para pervivir y por eso se retro-alimentan.

Eso nos unía a cuantos nos dimos cita. Todo lo demás, incluida la exaltación de la grandeza y la actual política militar internacional, estaba a mi modo de ver -que era compartido por otros asistentes- fuera de lugar.

Ojalá en la manifestación convocada para este domingo en Sevilla, el mensaje se circunscriba a lo que compartimos y brille la generosidad de dejar aparte, para otro tipo de actos y encuentros, cuestiones políticas en que cada uno tenemos diversa perspectiva

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