Elocuencia, acción individual y transformación social

La película triunfadora en la última edición de los Oscar, El discurso del rey, guarda en el cofre de un férreo clasicismo formal un canto a la elocuencia y al valor movilizador, transformador de la palabra que no puede ser más vanguardista en estos días de revolución en lo que muy imprecisamente se llama “el mundo árabe”.

Ganadora de las estatuillas a mejor película, director, guionista y actor protagonista, la cinta narra la historia de un rey tartamudo -el padre de la actual monarca británica Isabel II-, en el instante crítico de tener que liderar a sus ciudadanos ante el desafío de la II Guerra Mundial. Y más allá de constatar que el actor Colin Firth merecedor de todo reconocimiento hace tiempo, lo ha alcanzado al fin, como tantos, al interpretar un personaje con discapacidad, cabe señalar que resulta paradógico cuánto conmueve a Occidente una historia sobre la importancia de la palabra cuando en realidad, el discurso es en nuestro mundo un valor a la baja.

En fecha reciente un brillante profesor universitario de Literatura me ha confesado que no cree ya en la palabra y otro no menos lúcido escritor ha afirmado rotundo ante mí que carece de fe en el poder transformador de la literatura. Y creo que ambos han sido altavoces de sentimientos generarizados. Las palabras, parecemos concluir, servían antaño.

Pero he aquí que los corresponsales de esos periódicos nuestros cada vez más delgados, precisamente porque hasta sus dueños dudan ya del interés de esas grafías entintadas que son su carne y su sangre, dan cuenta de pueblos y ciudades donde el lenguaje sigue sirviendo. En Túnez, Egipto, Libia, la comunicación oral, en Facebook, Twitter o SMS ha sacado a la gente a la calle.

Acciones individuales, ésas que en Occidente también solemos calificar de inútiles, han logrado respaldo ciudadano y las reivindicaciones sociales, que asimismo nosotros, “burgueses acomodados” -al menos reconozcámoslo- consideramos voluntariosas, bienintencionadas pero abocadas al fracaso, han logrado derrocar regímenes totalitarios, dictaduras, que los europeos y los norteamericanos, por acción u omisión, respaldábamos.

Así que las palabras no sólo servían hace un siglo en este viejo continente nuestro, sino que siguen valiendo hoy incluso en lugares con gran proporción de iletrados. Y en otros territorios -me viene a la mente China- se censuran mensajes impresos o digitales precisamente porque a los tiranos no les cabe duda del poder del verbo.

Quizá aquí la censura no sea necesaria porque de un modo funesto alguien nos ha convencido de que nada de lo que digamos o hagamos valdrá de algo, transformará, mejorará la vida, la sociedad. ¿De verdad lo creemos? ¿Queremos creerlo? ¿Por qué entonces entre todas las películas distinguimos, no sólo con premios sino con el respaldo en taquilla, una como El discurso del rey? ¿Por qué al ver los telediarios nos conmovemos ante el valor de esos ciudadanos, muchos de ellos mujeres, a los que antes de ayer nos permitíamos considerar población adocenada sometida al dictado de regímenes autoritarios cuando no teocráticos? ¿Acaso no sentimos un punto de envidia ante su convicción de que algo se puede hacer todavía, de que aún cabe la rebeldía?

Acabo de conseguir la edición traducida al español de ese libelo político que ha sido el fenómeno editorial en Francia en el pasado 2010, un librito de apenas 60 páginas titulado Indignáos, escrito por Stéphane Hessel, un nonagenario que, en tiempos, fue miembro de la resistencia anti-nazi. Quizá haga una breve reseña del mismo cuando lo lea, pero de momento y apriorísticamente no puedo dejar de convenir con su autor que motivos para indignarnos no faltan tampoco en esta parte privilegiada del mundo. Y que, mientras no se demuestre lo contrario, no existe herramienta más efectiva para la reacción y la subversión que la palabra.

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