Caza a la espía, gran película política

Urge ir al cine y ver Caza a la espía, fantástica película y uno de los testimonios más certeros, pertinentes y atractivos de la actual coyuntura política que se han proyectado en los últimos tiempos.

La cinta está basada en el caso real de la espía Valerie Plame cuya identidad fue desvelada por el Gobierno del presidente George Bush Jr. y el vicepresidente Dick Cheney en venganza a un informe de su marido Joe Wilson descartando la existencia de armas de destrucción masivas en Irak. Naomi Watts y Sean Penn (productor y alma mater de la película) encarnan magistralmente a los dos miembros de este matrimonio que sufrió el acoso de la Casa Blanca por dejarle sin la coartada fundamental para justificar la segunda guerra de Irak.

No es que la película descubra algo que no supiéramos, dado que se trata de un episodio cierto y del que dieron noticia los medios internacionales. Sin embargo, tiene dos logros fundamentales. De un lado, consigue atrapar al espectador, mantenerle atento, alerta, en tensión, hacerle olvidar que conoce el desenlace, conseguir que “disfrute sufriendo” como en cualquier película de acción trepidante. Y al mismo tiempo lo coloca en la incómoda tesitura de sentirse cómplice, por omisión, de esa maquinaria de poder que silencia a los disidentes, a los discrepantes, a los críticos, que juega con las vidas tanto de los iraquíes, como de los soldados americanos y por supuesto de cualquier individuo o sector de la población civil occidental que se resista a dar por bueno el discurso oficial.

Sabemos que esto pasó. Que estas cosas han ocurrido y siguen sucediendo. Las damos tan por hecho que ya no nos asombran cuando tenemos noticias de ellas en prensa, radio o TV. No obstante, películas como ésta -o Leones por corderos (con Robert Redford, Meryl Streep y Tom Cruise) o la británica In the loop) nos hacen preguntarnos ¿vamos a seguir mirando hacia otro lado? ¿No vamos a reaccionar?

Hay una especie de alegato final, una intervención del personaje que interpreta Sean Penn ante un grupo de estudiantes que es especialmente emocionante:
De un lado, recupera una anécdota según la cual cuando Benjamin Franklin ayudó a Thomas Jefferson y John Adams a redactar la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776) una mujer le preguntó: “Bien doctor, ¿qué régimen, qué tipo de estado nos han legado? Él contestó: Una república, si lograis conservarla”.

Y de otro, afirma algo que parece increíble que podamos haber olvidado: que la democracia no es un viaje gratuito, que hay que pagar un peaje y que éste consiste en seguir luchando por su mantenimiento a diario, sin descanso pues, en caso contrario, cualquier día despertaremos y nos daremos cuenta, escalofriados, de que se ha subvertido tanto que en realidad no existe ya.

Veo y escucho a Sean Penn y le agradezco que pronuncie en un medio de masas un discurso intelectual que me cuesta encontrar incluso en los púlpitos reservados a los grandes pensadores -filósofos, escritores, economistas, políticos, politólogos-, tan descreídos casi todos. Lástima que ni siquiera el cine sea masivo ya y que, además, se haya elegido un título tan anodino, engañoso y disuasorio -tanto en la versión traducida como en la original, Fair play– que oculta la esencia de esta cinta: ser una película, en el mejor sentido de la palabra, “política”.

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