BookCrossing: Calle Katalin


Jamás había oído el nombre de la húngara Magda Szabó (Debrecen 1917-Budapest 2007), pero la edición que Mondadori acaba de hacer de su novela Calle Katalin (1969) me ha descubierto una obra y una autora brillantes.

El libro, de sólo 192 páginas, es un artificio prodigioso donde se conjugan con maestría heterodoxa el fondo y la forma, el tiempo y el espacio. Es una pieza lúcida e hipnótica, que consigue atraparnos a medida que nos presenta, a fogonazos, la historia de tres familias vecinas y amigas destrozadas por la violencia de los sucesivos nazismo y comunismo.

Concretamente los cuatro personajes que al inicio de la novela son niños, Henriett, Bálint y las hermanas Irén y Blanka, protagonizan esta historia que empieza de un modo enigmático, con una primera parte, titulada Escenarios, en la que sus nombres y los de sus padres, los de las calles y barrios que habitaron, se mezclan en un desorden premeditado que nos transmite la esencia del espacio (un Budapest reconocible aún hoy, pese a lo mucho que las circunstancias políticas han cambiado), para, a continuación, dar paso a seis capítulos (1934, 1944, 1952, 1956, 1961 y 1968) donde se exponen episodios concretos, los hechos que marcaron sus vidas.

Determinados, en su mayoría, por la persecución ideológica. Algo que, inevitablemente, nos hace pensar en la autora, en su propia biografía. Hija de una familia burguesa, Szabó publicó sus primeros libros al terminar la Segunda Guerra Mundial, pero poco después del ascenso al poder en su país de los comunistas, dejó de publicar (dedicándose en exclusiva a la enseñanza y la traducción). Su prolífica creación (novelas, ensayos, poemas) sólo volvería a ver la luz a partir de la década de los 60 pero lograría, eso sí, ser publicada en más de cuarenta países y galardonada con premios de tanto prestigio como el fracés Fémina (2003) por La puerta o el Cévenne a la mejor novela europea del año 2007 por este Calle Katalin.

La trama de la novela tiene entidad suficiente para despertar el deseo de leerla. Pero es el modo de desarrollarla (no ya contrario a la linealidad, sino ajeno a ella, con osadía militante) lo que resulta más admirable y sorprendente. Sorprendente incluso pese a que la autora nos desvele su plan en la primera hoja con estas palabras:

“El proceso de envejecer no es como lo describen los escritores, ni tampoco como se define en la medicina.

A los vecinos de la calle Katalin ni los libros ni los médicos les habían preparado para la
extraña nitidez con que la vejez les iluminaría (…) Nadie les había advertido de que la desaparición de la juventud no resultaba alarmante por lo que les quitaba, sino por lo que les daba. Ni sabiduría, ni serenidad, ni sobriedad o calma, sino la conciencia de la desintegración del Todo.

De pronto se percataron de que la vejez había desintegrado su pasado, algo que en su infancia y años de juventud habían considerado compacto y sólido; (…) El espacio se había resquebrajado en escenarios, el tiempo en fechas, los hechos en episodios, y los vecinos de la calle Katalin acabaron comprendiendo que, de todo lo que constituían sus vidas, en realidad sólo importaban unos pocos escenarios, fechas y episodios (…)

Para entonces ya sabían que entre vivos y difuntos apenas hay una diferencia cualitativa sin demasiada importancia, y que a cada ser humano le es dado tener en la vida a una sola persona a quien invocar en el instante de la muerte”.

Uno de esos libros que, al terminar, acaricias… unos de los pocos que, contra mi contumbre, voy a releer.

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