Archivo mensual: marzo 2010

BookCrossing: Black, black, black

La última novela de Marta Sanz es una de las mejores que he leído últimamente. Una intriga detectivesca atípica en la que se investigan asesinatos, pero sobre todo se pone de relieve que la violencia es la base de nuestro sistema y por eso aflora no sólo cuando se asesina, sino en el día a día de unas relaciones interpersonales que son cada vez más agrias, con nuestros hijos, padres, parejas, compañeros, vecinos, inmigrantes, con nuestros semejantes.

Marta Sanz logra esta crítica corrosiva de la realidad actual con una novela coral plagada de personajes cuya personalidad, cuyo carácter, es uno de los grandes hallazgos. Los protagonistas son Arturo Zarco, detective homosexual recién salido del armario y su ex mujer, Paula Quiñones, una inspectora de Hacienda, coja, con la que mantiene, pese a la ruptura, una potentísima relación, de colaboración profesional, de amistad, de complicidad… sin duda alguna una relación sentimental.

Irónicos, sarcásticos, los dos se enfrentan en momentos sucesivos y desde sus particulares ópticas a la indagación de las muertes de dos mujeres en un edificio del centro de Madrid, conociendo a sus moradores y descártandolos como sospechosos hasta dar con el asesino. Pero algunos de estos vecinos son mucho más que secundarios. Luz y su hijo Olmo, por ejemplo, son inolvidables, en sí mismos y por la relación que entretejen.

Marta Sanz escribe desafiando cualquier corrección política (en recientes entrevistas ha dicho “huir de lo políticamente correcto para ser correctamente política”) y abriendo espacios en la novela también para lo lírico (algo que no es extraño dado que es también poeta y este mismo 2010 ha publicado los poemarios Perra mentirosa y Hardcore). Entre la multitud de pasajes muy poéticos, algunos con gran importancia de lo cromático, del color rojo, símbolo de la muerte y la violencia, destaco el siguiente:

“Las mariposas se descomponen en pleno vuelo, mis piernas se carbonizan mientras camino y los restos de ceniza van dejando un rastro sobre la acera, perder el cuerpo mientras se anda es lo mismo que ser un reloj de arena vivo, orgánico”. Pp. 74

La obra tiene también una dimensión metaliteraria, de reflexión sobre el propio acto de escribir que me encanta y que se consigue, como tantas veces, al equiparar la figura del escritor con la del detective. Destaco este fragmento:

“Soy detective porque no creo que este mundo esté loco ni que sólo las psicopatías generen las muertes violentas ni que únicamente los forenses y los criminalistas que rastrean los pelos, las huellas parciales, las cadenas de ADN, la sangre y el semen que empapan las alfombras y las sábanas puedan ponerle un nombre a los culpables. Creo en la ley de la causa y el efecto. En la avaricia. En la desesperación. En la soledad. En la compasión y en la clemencia. En los argumentos de los prevaricadores. En la necesidad de un techo y de una caldera de calefacción. En el deseo de acaparar y en los motivos ocultos del mentiroso compulsivo. Creo en la eficacia de los tratamientos psiquiátricos y en la honradez de ciertos jueces. Creo que podemos comunicarnos a través de los lenguajes y en el desciframiento de los símbolos. En los especialistas en quinésica que se convierten en jefes de recursos humanos. No todo es aleatorio ni fragmentario ni volátil ni inaprensible. Existen repeticiones. Soy detective porque creo en la razón…” Pp. 82.

Pero, por supuesto, para aprehender toda la belleza de esta sorprendente novela, original, divertida y certera, que con gran facilidad sobresale entre sus compañeras en las mesas de novedades de librerías y bibliotecas, lo que hay que hacer es acercarse a una de ellas, distinguirla, cogerla, llevársela a casa y leerla.

Anuncios

Revisión galáctica de los 80 by Fernando Claro

El diseñador sevillano Fernando Claro presentó anoche en Sevilla su colección Otoño-Invierno 2010-2011, inspirada en uniformes de las élites militares medievales orientales, si bien el resultado evocaba una revisión galáctica de la moda ochentera, presidida por la recuperación de las hombreras.

Tonos dorados, sepia y esmeralda (sin faltar el negro en trajes de noche y el blanco de su peculiar novia) dominaron la colección Impegnati Sevilla, presentada en el Restaurante Abades, sobre el fondo del río aún brillante bajo la luz -al fin primaveral- de las siete de la tarde.

Más de doscientas personas contemplaron entusiasmadas los tres pases de la docena de modelos. En primera fila, sentados y con gestos de aprobación, el histórico diseñador sevillano Toni Benítez y Daniel Carrasco, presidente de la Asociación de Empresarios de Sevilla.

Transparencias, minifaldas, shorts, tejidos acharolados, cueros, hombreras excesivas o directamente mangas jamoneras fueron las tendencias apuntadas por Fernando Claro y recibidas con sorpresa y entusiasmo por un público sevillano empeñado en desmentir, con sus aplausos, la relación directa que suele establecerse entre sus gustos y lo clásico.

Fernando Claro, que con veinticinco años de experiencia a sus espaldas es el diseñador más innovador y con más proyección de la capital andaluza, con presencia en citas nacionales e internacionales, mostró ayer sus propuestas en este evento en solitario, ante la falta de certezas sobre el futuro de la pasarela Andalucía de Moda en la que siempre ha participado. Y se vio arropado por clientes admiradores, profesionales del sector y de los medios de comunicación.

Ahora queda ver si las tendencias apuntadas saltan a la calle. “En pasarela, todo se exagera un poco” -explicó Fernando Claro- “pero estas nuevas líneas, las hombreras, vuelven porque son muy favorecedoras y estamos seguros de que la colección gustará a la mujer para la que está pensada, urbana, segura y lujosa”.

El arte que sangra y goza de Miquel Barceló

Obras de Miquel Barceló, esculturas, cerámicas y pinturas atrapan a quien se acerca al Caixa Forum Madrid gracias a su potencia material, a la rotundidad de su carne, vulnerable al paso del tiempo, como la humana.

Un inmenso elefante “trompa-abajo”, de 7 toneladas de bronce, llama la atención de quien pasa por el Paseo del Prado. Atrae y hace sonréir a decenas de personas que tiran de teléfono móvil para fotografiarlo. Pero sólo los que realmente sucumben a su reclamo y suben a recorrer la exposición (gratuita, por cierto) pueden otorgarle luego un significado a su malabarismo, verlo como símbolo de “la ligereza de la materia”.

En efecto, a mi criterio, ese es el leitmotiv de la muestra que repasa la carrera del artista mallorquín desde 1983 hasta el pasado 2009. Ya sus primeros lienzos como los enormes L’amour fou (1984) o The big Sphanish Dinner (1985) son cuadros que interesa ver tanto de frente como con ángulo. Lo impactante de ellos no es tanto lo que representan sino su carnalidad, su relieve. En la construcción de ese palpitar es donde se cimentan su fuerza y su verdad. En el primero, no es ya que veamos al artista tumbado, desnudo, con su miembro enhiesto, en el corazón del desorden de su estudio, frente al ventanal abierto al mar; es que olemos la sal, sentimos la fuerza del epicentro creativo. En el segundo, las sartenes y paelleras, con moluscos hechos a base de chapas de refrescos, crepitan, llenan la sala de humo, gustan a socarrat.

La carne, la vida, es con relieve y así la construye Barceló. Un relieve hacia fuera como muestra en Bodegón rosa, (1995) donde un gran pescado azul saca su cabeza del plano, pero también hacia dentro como en Ex-voto à la chévre (1994) donde la pintura se convierte, literalmente, en el pellejo rasgado de una cabra, abierta en canal.

Materialidad. De seres vivos. Y muertos. Arena del desierto que se sedimenta sobre piedras son cuadros suyos como Paysage pour aveugles sur fond vert (Paisaje para ciegos sobre fondo verde) del que el propio autor explica que está hecho siguiendo el mecanismo de las dunas hasta el punto de que si hubiera seguido aplicando brochazos, de izquierda a derecha, por tiempo prolongado, habría conseguido montañas de pintura blanca.

Una cabra, como la ya citada, es también protagonista de la sala más negra de la exposición, la presidida por el cuadro Proyecte de crucifixió nº1 (1992) donde sobre uno de los iconos más universales, la cruz, se retuerce, no Jesús, sino una chiva. Ni asomo de burla en el efecto. El cuadro es un paso más en la reflexión constante del autor sobre la materia y el sufrimiento que experimenta por el tiempo y la muerte. El animal está de nuevo abierto, rajado en su carne de óleo y también está herido el cuadro, en sus bordes sobrecargados de pintura y por eso resquebrajados, agrietados, descompuestos, como lo estarán nuestros cuerpos.

Pese a lo tremendo, la muestra no resulta oscura ni mucho menos. Hay desde luego humor negro, como en la cabeza de bronce Pinoccio mort (1998), pero también celebración del temblor vital sobre todo en sus obras africanas, que ya había visto en 2008 en la fantástica exposición que les dedicó el Museo de Arte Contemporáneo de Málaga. Pero también en las que más a las claras evidencian la brevedad del suspiro de la vida.

Entre ellas destaco Sin título (2009), un inmenso lienzo blanco azulado del que emergen tomates cortados, frutos rojos, licuosos, palpitantes como corazones, como bocas de labios carnosos colorados, como amapolas reventonas. Rodeados de futuros tomates, aún sólo embriones, y de tomates ya pasados, excrecencias, pústulas, granos. La vida y la muerte. El presente, reinando, vanidoso, bello, incontestable, sobre el futuro y sobre el pasado.

Estuve mucho tiempo sin poder despegar mis ojos del cuadro. Volví a él cuando había terminado el recorrido recomendado. Ahora lo recuerdo y oigo la Oda al tomate de Neruda, cantada por Jorge Drexler. He adjuntado una foto aunque sé que la experiencia estética que se vive ante las obras de Barceló es irreproducible. Por eso en estos tiempos de temor a las reproducciones digitales, él debe dormir tranquilo, piratear su trabajo es imposible.

La conexión sólo es posible en directo. Aprovechemos que hasta el 13 de junio el umbral estará abierto.