Archivo mensual: febrero 2010

El fotógrafo Emilio Morenatti ya corre

Menos de medio año después de que un atentado en Afganistán seccionara una pierna al fotógrafo español Emilio Morenatti, él ya es capaz de correr gracias a una prótesis y a su capacidad de luchar.

El vídeo adjunto que he encontrado en la Red da muestra de lo bien que se desenvuelve con el artilugio que hace las veces de pierna ortopédica y del buen humor que derrocha (no sólo porque aparece riendo, sino por el nombre con que se ha colgado video, “Patapalo”, y la banda sonora, el tema homónimo de Raimundo Amador)

Como ya conté en un post anterior, conocí a Emilio hace años pero también hace mucho que no le veo pues viaja por todo el mundo y vive en EEUU.

El pasado septiembre, apenas semanas después del atentado, intercambié con él un par de mails en los que lo noté extraordinariamente bien, animado, dispuesto superar la dificultad.

Estaba segura de que lo iba a lograr porque es alguien especial, que transmite fuerza, entusiasmo, seguridad. Pero no me podía imaginar que tan pronto.

Esta sorpresa me llena de alegría. Estoy segura de que alegrará a muchos más. Es probable que antes de lo que imaginábamos Emilio pueda dedicar sus energías de nuevo a las fotografías, a su fantástico trabajo de fotoperiodista. Pero en todo caso ya se ha convertido en un ejemplo brutal de superación y en una referencia para hacer realidad eso que decía Benedetti de “Defender la alegría“.

Un beso, Emilio, enhorabuena, por la carrera y por la risa.

Anuncios

BookCrossing: El Proyecto Lázaro


Acabo de terminar El proyecto Lázaro, una novela turbadora, fascinante, poética e irónica que recomiendo leer con urgencia.

Escrita por el autor bosnio Aleksandar Hemon narra la peripecia de Vladimir Brik, narrador y alter ego del propio Hemon y, como él, bosnio residente en Chicago que investiga la muerte de un judio ruso que le precedió como inmigrante en la ciudad y fue salvajemente asesinado en 1908: el joven Lázaro Averbuch.

Averbuch es un personaje conmovedor. Tanto, que no puedo dejar de sentir que merecería más páginas, ¿todas sería demasiado? Probablemente. Entiendo la apuesta del autor y, sin embargo, echo de menos saber más de Lázaro, compartir con él más tiempo. El primer capítulo, la narración de su asesinato, es uno de los textos con más vigor que he leído en los últimos tiempos. Me ha dejado la sensación de estar leyendo algo realmente nuevo. Una conmoción parecida a -me temo que esto no beneficie a Hemon, porque no es políticamente correcto citar como referencia una serie de TV- la que me produjo el primer capítulo de Heroes. Lo vi y pensé que la serie daba un paso adelante en la ficción televisiva. Por desgracia, en los siguientes dejó escapar mi interés.

Cosa que no pasa con este libro. Me ha costado elegir pasajes a modo de muestra porque he subrayado párrafos casi en todas las páginas, algunos muy largos. Copio dos cortos pero significativos, uno sobre Brik, el narrador y otro sobre Lázaro, pero no Lázaro Averbuch, sino el bíblico, con quien el narrador apunta ciertos paralelismos:

Mary no veía mi rostro oculto porque no sabía cómo había sido mi vida en Bosnia, lo que me había hecho ser como soy, de donde vengo. Sólo veía mi rostro americano, adquirido a costa de no haber logrado convertirme en la persona que hubiese querido ser” (Pp. 136).

Pero al cabo de un tiempo Lázaro se marchó a Marsella con sus hermanas, y ahí sí hay una buena historia. Me pregunto si empezaría una nueva vida allí. A lo mejor nunca volvió a morir. A lo mejor aún anda por ahí vivito y coleando, completamente olvidado, como el conejito blanco de la chistera del señor Cristo. (Pp. 101)

Finalmente, sobre Lázaro Averbuch… Lo siento pero no puedo copiaros entero ese primer capítulo. Tendréis que leerlo. Son sólo diez páginas, pero es probable que queráis releerlas y seguro que os engancharan tanto que acabaréis el libro.

Termino agradeciendo a Alberto Manguel su excelente crítica en EL PAIS. Su recomedación vehemente de este título fue lo que me llevó a él y ahora que lo he leído estoy de acuerdo en que Hemon consigue algo más que entusiasmar al lector. De un modo nada efectista, aparentemente natural, “renueva el arte de narrar”.