Cortocircuito Coixet


Catorce años después de haber descubierto boquiabierta la reveladora Cosas que nunca te dije, regreso al mismo cine a ver Mapa de los sonidos de Tokio y durante toda la película me pregunto: ¿Por qué le habrá salido un artificio tan vacío a Isabel Coixet?

Todo arte es artificio, construcción artificial hecha, según los casos, de palabras, imágenes, sonidos, trazos de pintura, pegotes de barro, alambres. Pero… no diré que “el arte de verdad” sino “el que me llega a mí”, me conmueve y me hace disfrutar es más: un deseo de comunicar que conecta con mi necesidad de interpretar y permite que pase a través nuestra, de la obra y de mí, una corriente continua, aún después de abandonar el cine, cerrar el libro, salir del concierto.

Mapa de los sonidos de Tokio no tiene alma. Está muerta. No sé si por fallos estructurales como el narrador en off, un personaje injustificado (¿injustificable?) que al final se descubre omnisciente (sabe cosas que no puede saber pues ocurren en Barcelona mientras él está en Tokio), o ese final que subestima al espectador traduciéndole unos pensamientos del protagonista que es imposible no imaginarse o porque no funciona el conflicto de base.

El hecho de que la protagonista sea asesina a sueldo y la contrate un ejecutivo para matar al ex novio de su hija suicida suena a falso, a tópica historia de mafias orientales. Cuando recientemente se han rodado cintas emocionantes en esa metrópolis de locos que debe ser Tokio. Pienso en Lost in translation o Babel, ante las que Mapa… palidece.

Tal vez si Coixet hubiera confiado en sus personajes, si hubiera creído que es una putada sentir deseo por alguien cuando tu pareja está recién muerta, una putada que puede ocurrir, conflicto bastante para soportar una película, si hubiera apostado (como otras veces) por una historia sencilla como ésa, o la del sonidista voyeur, le hubiera salido una película “más verdadera”. Distinta a esta “sucesión de sonidos en Tokio”, a esta verborrea que contrasta con el supuesto silencio de Riu (la protagonista).

Hace tiempo que pienso que como público somos duros con los creadores, tanto más cuanto más nos han hecho disfrutar. A mi Tarantino nunca me decepciona porque nunca espero nada de sus trabajos. Coixet, en cambio, me ha dado cuatro de mis películas favoritas (sobre todo Cosas que nunca te dije y La vida secreta de las palabras pero también Mi vida sin mí e incluso su cinta de encargo, Elegy) y ha hecho seis, no es mal porcentaje. Eso la convierte, ahora que caigo, en mi director preferido. Por eso cuando me ha decepcionado, con A los que aman y con este Mapa… lo ha hecho tanto. Pero comprendo que es difícil estar siempre a la altura.

Lo ideal sería que un artista sólo creara cuando está seguro de sentir (en las tripas y las neuronas) que su nueva historia es necesaria. Por desgracia, los creadores necesitan alimentarse (de comida y aplausos) con más frecuencia.

Pese a todo, no me perderé la próxima.

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