BookCrossing: Una historia de amor y oscuridad


Escribo esta reseña de la autobiografía del escritor israelí Amos Oz aún bajo los efectos de su prosa, de su potencia. Conmovida. Por sus últimas cinco palabras “aún sigue intentándolo a veces” y por lo que significan. Son la clave de esa “historia de amor y oscuridad”, íntima. Que no es una historia de pareja. Ni, desde luego una historia ñoña. Lo aclaro porque en algún momento, alguien nos ha inoculado el virus de la desconfianza hacia las “historias de amor”. No sé cómo lo ha conseguido (¡Cómo le hemos dejado!) pero incluso yo no hubiera abierto este libro por mi mano. ¡Lo que me habría perdido!

Por suerte, mi fascinante vecina Slavisa, con quien he iniciado un intercambio de “tesoros literarios” lo puso en la cima de la montaña seleccionada. Y no sé si sabe el regalo que me ha hecho.

Destaco cinco virtudes de esta biografía de Oz que es también novela:
La primera, ser una “obra literaria conseguida”, es decir, lograr levantar un mundo paralelo al real, hecho no de genes y tejidos oxidables, sino de palabras, como un cuento desplegable, con calles, casas y personajes, en tres dimensiones, y más: sonidos, olores, sabores. Un mundo cuyo devenir me ha absorbido tanto como mis circunstancias personales y profesionales. Te crees el sitio, te crees a la gente y quieres quedarte aunque sepas que además de placer te espera dolor. ¿Os suena?

Además es un “libro llave” que abre la puerta a otros, que da ganas de seguir leyendo. El resto de libros del autor, por supuesto, pero también de aquellos que cita. Especialmente Sherwood Anderson, su padre literario.

Por si fuera poco Oz, nos hace replantearnos nuestra perspectiva en pasajes que son como “ojos mágicos” (esas láminas donde puedes ver un tren, por ejemplo, pero sólo si desenfocas, si miras de otro modo). El párrafo más inesperado para mí, el que menos cuadra con lo que he venido pensado, y por tanto me obliga a darle más vueltas reproduce una conversación con su profesor de filosofía Samuel Hugo Bergman:

“Nada desaparece. Jamás. De hecho la palabra “desaparición” supone que el universo es aparentemente finito y que es posible alejarse de él. Pero naaada (alargó a propósito esa palabra), naaada sale jamás del universo. Ni tampoco entra en él. Ni una sola mota de polvo desaparece ni se añade (…) nada puede pasar de ser a no ser. (…) Y entonces por qué (…) se empeñan en decirme que lo único que está destinado a ir al infierno, a convertirse en no ser, lo único a lo que le espera la aniquilación total en todo el universo, donde ningún átomo puede reducirse a la nada, es precisamente mi pobre alma. ¿Es que cualquier mota de polvo y cualquier gota de agua va a continuar existiendo eternamente, aunque con otra forma, todo excepto mi alma?” Pp. 614

Por otra parte, por mi adicción particular a escribir, me interesan mucho sus consideraciones sobre el hecho literario y el oficio del escritor. Una de las más certeras, para mí, es:

“¿Qué es autobiográfico y que es ficticio en mis relatos? Todo es autobiográfico (…) nada es confesión. El mal lector siempre quiere saber, saber al instante “qué pasó realmente”. Cuál es la historia que está detrás del relato, qué pasa, quién está en contra de quién, quien folló con quien realmente (…)
El mal lector me exige que le desmenuce el libro que he escrito; pretende que con mis propias manos tire mis uvas a la basura y le dé solo las pepitas. (…)
Aquel que busca el corazón del relato en el espacio que está entre la obra y quien la ha escrito se equivoca: conviene buscar no en el terreno que está entre lo escrito y el escritor, sino en el que está entre lo escrito y el lector”. Pp. 49-52

Hay otra cita impagable sobre ser escritor en la página 715 que no reproduzco por no alargarme (más aún).

Y finalmente, pero no menos importante, con su relato de infancia en aquel Estado de Israel que aún no era tal, sino un asentamiento controlado por los británicos, al que se envió a los judíos europeos tras el exterminio nazi, Oz pone a lectores como yo, con tendencia a identificarnos con la causa palestina, ante la realidad poliédrica del conflicto. Un enfrentamiento que los europeos no podemos despachar tan fácilmente como solemos hacer (como yo suelo, al menos) siquiera sea por sentido de la responsabilidad porque lo causamos (no hablo de culpa, sino de necesidad de informarse y ser ponderado, que no equidistante… ya lo sé, complicado).

No digo que mi empatía con Oz sea tal como para pensar que Israel tiene razón en su postura (cosa que ni siquiera él afirma), sino que me electriza la piel y me coloca ante un dilema racional importante leer que cuando su padre fue expulsado de Polonia las paredes estaban llenas de pintadas “¡Judíos fuera, a Palestina!” y cuando volvió a Europa, de viaje, se encontró con pintadas “¡Judíos fuera de Palestina!”.

En suma, Una historia de amor y oscuridad se ha convertido para mí un libro imprescindible. Y leerlo es un placer que no tendría sentido no darse.

Cito por la edición de Ediciones Siruela/Debolsillo, Serie Contemporánea, Barcelona, julio de 2007.

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